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domingo, 9 de septiembre de 2012

Posdata te amo! :'D

Holaaaa!! Queridas y queridos lectoreees! :'D he aqui una pelicula hermosa que les traera lagrimas y sonrrisas! esta pelicula me hizo llorar desde los primeros segundos x'D siempre lloro con las peliculas, y mi hermana que la estaba viendo con migo me mato xD
TRAILER

 
PELICULA ONLINE(YouTube)

 
SINOPSIS:
Holly Kennedy (Hilary Swank) es una bella e inteligente mujer casada con el amor de su vida --un apasionado, divertido e impetuoso irlandés llamado Gerry (Gerard Butler). Por todo ello, cuando una enfermedad acaba con la vida de Gerry también destroza la de Holly. El único que podía ayudarla se ha ido para siempre. Nadie conocía a Holly mejor que Gerry, así que él dejó ideado un plan de futuro para ella....

jueves, 6 de septiembre de 2012

HBWM

Capítulo 8
Primera Parte

Traducido por LizC


Martin soportó la Navidad en el apartamento de su madre todo el tiempo que pudo. Como el año pasado y el año anterior, había invitado a una colección no coincidente de niños abandonados y callejeros de todo el estado a celebrar con ellos, incapaz de permitir que alguien pase la Navidad solo.

El resultado fue una mesa llena de gente, una comida sobre-cocida, villancicos demasiado estridente de la radio y un grupo de desconocidos que parecían conocerse todos entre sí.

Él era el tercero en discordia, como siempre había sido, de hecho. Era el único del puñado de sus compañeros que había ido a estudiar a la universidad después de la secundaria. La mayoría de sus compañeros de colegio no entendían por qué él siempre había trabajado tan duro para sacar buenas calificaciones, por qué siempre estaba planeando para el futuro. A decir verdad, Martin no estaba muy seguro de qué lo llevó a hacerlo, tampoco, por qué estaba conectado de manera diferente de ellos. Todos habían crecido en la pobreza, después de todo. La mayoría de ellos provenían de hogares monoparentales, también. Sin embargo, siempre había querido más.

Tenía más ahora. Un apartamento encantador en la parte derecha de la ciudad, dinero en el banco, un auto elegante y clásico. Muy pronto, a menos que estuviera leyendo mal las señales, se haría socio de la firma. Sus zapatos eran italianos y hechos a mano, su camisa a medida. Bebía whisky de treinta años y comía en los mejores restaurantes.

Y hasta hace poco había tenido la perfecta compañera sofisticada y refinada para compartirlo todo con ella.

Había pensado que Elizabeth era lo que él quería, lo que necesitaba. Pero Elizabeth nunca había llenado sus pensamientos como Violet lo hacía.

Nunca había derivado en su mente durante reuniones importantes, o apoderado de sus sueños.

Nunca le había inspirado tanta frustración o dado una erección que duró tres platos de comida porque se había quitado sus bragas y se las metió en el bolsillo.

Martin fue arrancado de sus pensamientos por un codazo en las costillas, por cortesía de la Sra. Slater, un vecino de su madre.

—Pon atención. Tu madre te está hablando.

—Lo siento, mamá —dijo—. No estaba concentrado.

—No me digas. Te pregunté si querías otro pedazo de pastel de ciruelas.

La mirada de Martin se dirigió al montículo enorme, todavía humeante de harina y fruta que su madre había sacado de su calicó sudario no hace media hora. Era su orgullo y alegría, una receta familiar, y aunque le daba indigestión levantó su plato por una segunda porción.

Era Navidad, después de todo.

Su buena voluntad se acabó cuando alguien sugirió adivinanzas después del almuerzo. La idea de pasar varias horas imitando antiguos títulos de películas en la habitación de enfrente sobre-amueblada de su madre le daban ganas de golpearse la cabeza contra la pared. Se quedó el tiempo suficiente para establecer el nuevo televisor de pantalla plana que le había comprado, luego la besó en despedida y la dejó allí.

Su conjetura era que se sentía aliviada de que él se fuera así como él de irse. Ella siempre había estado un poco desconcertada por él. No es que él dudara de su amor o que estuviera orgullosa de él. Pero ella no lo entendía. Su mundo se define por lo que estaba en la televisión, quién ganó el fútbol el fin de semana y lo que sus vecinos estaban haciendo y diciendo.

Podrían muy bien vivir en planetas diferentes.

Regresó a casa a través de la ciudad sobrenaturalmente tranquila, maravillado de lo fácil que fue llegar aquí cuando todos los demás estaban sobreponiéndose al pavo y a la demasiada salsa de brandy.

A pesar de que estaba fuera de su camino, se encontró conduciendo por delante de la tienda de Violet al pasar en su camino a casa. No porque él esperaba que ella estuviera allí, o porque quería tener sexo. No estaba muy seguro de qué lo atrajo allí, por lo menos, no estaba dispuesto a examinar la urgencia lo suficientemente cerca para averiguarlo.

Todavía no, de todos modos.

Cruzó pasando, mirando a la ventana de arriba. Una sombra pasó por detrás de la cortina.

Puso el pie en el freno, con el ceño fruncido. Violet estaba en casa, entonces. Miró su reloj. Eran apenas las tres. Era evidente que había tenido una rápida celebración de la Navidad, como él.

O tal vez su familia tenía diferentes tradiciones. Tal vez hacían algo por las noches.

Dos cosas le vino a continuación: la falta de decoración de Navidad en el apartamento de Violet, y la forma en que su cuerpo se había tensado por unos pocos segundos anoche cuando le había preguntado qué iba a hacer hoy.

Se detuvo junto a la acera y apagó el motor. Aún frunciendo el ceño, cruzó la carretera y tocó la campana.

—¿Hola? —Su voz sonaba extraña por el intercomunicador.

—Feliz Navidad —dijo él.

Hubo una larga pausa. Y entonces—: ¿Qué estás haciendo aquí?

—Estoy en mi camino a casa. Déjame subir.

—Voy saliendo.

Echó la cabeza hacia atrás, considerando la ventana de arriba en blanco. —No, no lo haces.

Otra larga pausa.

—No soy buena compañía en estos momentos.

—Perfecto. Déjame subir, Violet.

Esperó, con la mano en el picaporte. Él sabía que iba a dejarlo entrar. Si fuera ella en su puerta, él no podría negárselo, y supo que, en sus entrañas, ella no se lo podía negar, tampoco.

La puerta zumbó y él la empujó para entrar.

Esperaba en la parte superior de la escalera, enmarcada por la puerta, con los brazos cruzados sobre su pecho, la mandíbula apretada. Llevaba el misma pijama de anoche con una sudadera con capucha de gran tamaño y grandes calcetines suaves. Tenía los ojos hinchados, el cabello recogido en coletas desequilibradas.

Había una pequeña mancha de chocolate en su mejilla y otra en la parte superior.

Se detuvo en el escalón más alto, evaluando su estado de ánimo. Sola y triste con notas de fondo de desafío, decidió.

—¿Qué pasó con la cena con la familia? —preguntó él.

—Cambio de planes.

Claro.

—¿Por qué tengo la sensación de que no había planes para empezar?

Por supuesto, eso era lo que significaba ese momento de tensión anoche. Cómo no descifrarlo antes.

Ella no se inmutó. —¿Importa?

—Sí. Sin duda es importante que tuvieras toda la intención de pasar el día de Navidad sola.

—No es una gran cosa. Lo hago todos los años. Esto es lo mío.

Llevaba seis años conociéndola, y sólo en las últimas semanas había comenzado a entenderla y a saber cómo interpretarla.

—Toma una ducha —dijo, poniendo una mano en su hombro y dándole la vuelta hacia el baño—. Te voy a llevar a salir.

—Es el día de Navidad. Nada estará abierto.

—Te sorprenderías.

Él le dio un suave empujón. Ella clavó los talones en su lugar.

—No quiero salir.

—Terca.

—Martin…

—Te llevaré hasta allí y te rociaré con agua como en la escena de la ducha de First Blood si tengo que hacerlo.

Por primera vez desde que había llegado su cuerpo se suavizó.

—Tienes cinco minutos —dijo él.

—Ya quisieras. Mínimo, quince.

—Diez.

Estuvo lista en veinte, saliendo de su dormitorio en unos jeans de bota estrecha, bien ceñidos, un suéter rojo y esponjoso, y botas de charol rojas de tacón de aguja. Olía bien, y su cabello caía suelto sobre sus hombros en suaves ondas.

—Si me llevas a McDonalds, voy a estar muy molesta contigo. Para que lo sepas.

—Entendido.

La ayudó a ponerse su chaqueta y envolvió su bufanda alrededor de su cuello. Ella le lanzó una mirada hacia él desde debajo de sus pestañas y vio la incertidumbre en ella. La duda.

Una ola de proteccionismo totalmente inesperada se apoderó de él. No sabía qué o quién la había herido tanto e inspiró esos ojos hinchados y los atracones de chocolate, pero quería envolverla entre sus brazos y asegurarle que fuese lo que fuese, iba a estar bien.

Se limitó a ajustar su bufanda, liberando su cabello de debajo de ella.

—Listo —dijo.

Luego la besó, con una mano ahuecando la curva de su mejilla. Sabía a dentífrico, y ella se apoyó en él, con una mano apuñando en la tela de su suéter.

Después de unos segundos rompió el beso, frotando su mejilla contra la de ella brevemente antes de dar un paso atrás. —Vamos.

Estaba oscureciendo cuando se dirigieron a Bloomsbury. Violet le lanzó una mirada mientras estacionaba en el callejón detrás de su apartamento.

—Pensé que íbamos a salir.

—Lo hago. Esto está fuera.

—Supongo que es mejor que McDonalds.

Ella nunca había estado en su apartamento antes y él era consciente de sentirse nervioso cuando lo siguió a través de la puerta. Por sus estándares el sofá de cuero oscuro y sillones eran probablemente aburridos, al igual que las cortinas de terciopelo de color óxido. Una pared estaba dedicada a un dispositivo de estantería integrado, llena de libros y varias piezas de arte, y objetos de interés que había seleccionado a lo largo de los años. Vio cómo su mirada se apoderó de todo, deteniéndose aquí y allá.

—¿Y bien? —preguntó.

—Mejor de lo que pensaba. Al menos no tienes una cabeza de venado disecada.

—Espera a ver el dormitorio.

—Dios, espero que estés bromeando.

Se dirigió a la cocina, desprendiéndose de su abrigo y dejándolo derrapado sobre el respaldo de una de las sillas del comedor.

—Oh, esto es genial —dijo ella cuando vio a su comedor privado Birdseye Maple Art Deco.

—Ya lo creo.

Deslizó una mano por el respaldo curvo de una silla sinuosa. —Y aquí estaba yo, esperando un ambiente señorial.

—Estoy ahorrando mis centavos para uno.

Su mirada se agudizó cuando comenzó a sacar la comida de la nevera. Un pollo, un manguito de celofán de estragón, papas, zanahorias bebé.

—¿Vas a cocinar para mí?

—Así es.

Se quitó el abrigo y desenrolló la bufanda lentamente. Fue un movimiento bastante inocuo, pero todo lo que hacía Violet era sexy y se sintió cada vez más duro.

—¿Sabes cocinar? —preguntó mientras se deslizaba sobre uno de los taburetes en el mostrador de la cocina.

—Vas a tener que esperar y ver.

—¿Puedo tomar algo mientras espero?

—Sírvete tu misma. —Le señaló hacia su refrigerador de vino.

Ella cruzó la habitación, comprobando las botellas a través de la puerta de vidrio.

Lanzó un silbido. —Tienes un Chateau Margaux aquí.

—Dos, en realidad. Podemos abrir una si lo deseas.

Ella sonrió, disparándole una mirada desafiante. —Debería atenerte a eso, sólo para darte una lección.

Deslizó un cajón para abrirlo y agarrar el abridor de botellas, ofreciéndoselo. Ella lo miró fijamente.

—Ese vino tiene que valer unas 500 libras.

—Más cerca de 700 libras, en realidad.

—¿En serio has gastado tanto dinero en una botella de vino?

—Lo hice.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Pensé que me convertiría en una mejor persona —dijo con sequedad por lo que supo que estaba bromeando, pero inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Lo hizo?
—¿Qué crees tú?
—Creo que siempre has sido una persona bastante sorprendente.
Se miraron el uno al otro por un largo minuto, en el que el único sonido era el tic-tac del reloj de pared.
—Pásame la botella, —dijo él.
Ella entrecerró los ojos por un segundo. —Deberías saber que siempre gano en los juegos de pollo.
Él arqueó una ceja. Ella se encogió de hombros y abrió la nevera de vinos, sacando la botella de Chateau Margaux de su cuna. Se la entregó con un brillo en sus ojos que decía te-reto.
Él utilizó el cuchillo del saca corchos para romper el sello metálico. Hizo un pequeño, angustiado sonido en el fondo de su garganta.
—¿Estás bien?
—No
Presionó la punta del sacacorchos contra el corcho para conseguir una buena compra. Comenzó a girarlo. Violet sacó una mano, agarrando su muñeca para detenerlo.
—Espera. ¿Estás seguro?
—Si
—¿No deberías guardarla para una ocasión especial?
—Esta es una ocasión especial. Estamos cenando
Su mano se cerró en la de él por un segundo, luego la dejó caer. —Está bien. Es tu vino.
Destapó la botella y sirvió dos copas, deslizando una a través del mostrador hacia ella.
—Feliz Navidad, Violet, —dijo en voz baja.
Su vaso besó el borde del de ella.
—Feliz Navidad, —dijo ella, con sus ojos marrones dorados de pronto solemnes.
—¿Por qué no estás con tu familia hoy? —preguntó él, incapaz de morder su lengua por un momento más.
—Si crees que una copa de vino de 700£ me va a volver una borracha descuidada y habladora, quizás debas verter de nuevo el líquido en la botella, —dijo ella, ofreciéndole su copa de regreso.
Él lo rechazó. —No tienes que decirme nada si no quieres.
—La psicología inversa tampoco funcionará.
—Está bien. —Tomó un sorbo de su vino y luego comenzó a pelar una cebolla.
Violet lo miró con recelo, como si estuviera esperando que él le tendiera una trampa.
—Siéntate y bebe tu vino, Violet, —le dijo, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
Ella le obedeció a medias, tomando un sorbo de su bebida.
—¿En qué piensas? —Preguntó
—No pagaría más de 400£ por él.
—Dale un poco de tiempo para que se refresque.
Ella esbozó una sonrisa. —Es adorable. Realmente agradable.
Él picó la cebolla, siendo cuidadoso de mantener su rostro lejos de los humos. Después de unos cuantos segundos, se deslizó de nuevo en su taburete.
—Mi madrastra piensa que soy una mala influencia. Es por eso que no paso las navidades con mi familia. Tengo dos medias hermanas demasiado jóvenes –de 15 y 18- y no quiere que las tiente a mi camino demoníaco.
El hizo una pausa con el cuchillo encima de la cebolla.
—¿Ella te dijo eso?
—Ha pasado cierto tiempo, no puedo recordar las palabras exactas. Pero ese era básicamente su punto.
Lo dijo con facilidad, con soltura, pero él apostaba a que recordaba con exactitud lo que su madrastra le había dicho hace todos esos años. Palabra por palabra.
—¿Y tu padre está de acuerdo con ella?
—Mi padre es un hombre muy ocupado. No tiene tiempo para dirigir un negocio y una familia.
—¿Cuándo fue la última vez que pasaste la Navidad con ellos?
—Hace diez años.
Hizo un cálculo rápido. Ella era un año menor que Elizabeth, lo que significaba que debía haber tenido apenas diecinueve cuando recibió la orden de marcharse.
—¿Qué pasó?
—Hice las maletas y me fui.
—No. ¿Qué pasó antes de eso? —Porque debía haber más en esa historia.
Ella sonrió, una pequeña curva cínica en sus labios. —¿Quieres decir, qué hice mal?
—Quise decir lo que dije. ¿Qué pasó?
Ella miró su vino. —Cuando tenía dieciséis años, me involucré con uno de los profesores de mi escuela. Algunas de las otras chicas se enteraron. Me llamaron a la oficina del director. Mi padre estaba en un viaje de negocios, así que Diana manejó todo. Fui mandada lejos a un internado después de eso, pero se corrió la voz. Siempre lo hace. —Se encogió de hombros.
La sangre de él se heló. —¿Qué pasó con el profesor?
—No lo sé. Diana no quiso hablar de ello conmigo. Me dijo que ya había causado suficientes problemas.
Él bajó el cuchillo, la rabia hacía sus movimientos bruscos. —¿Qué edad tenía ese tipo?
—Treinta y tantos, supongo. Él era nuestro profesor de drama. Para ese momento, pensaba que yo era algo bastante caliente porque me había notado. —Soltó una carcajada sin sentido del humor.
—Vamos a ver si lo entiendo. ¿Una sórdida, retorcida historia de un profesor que seduce a una chica de escuela y eres tú la que resulta exiliada? —Podía escuchar la indignación en su propia voz. Estaba indignado. ¿Qué clase de mujer empaca a su hijastra y la manda a vivir con extraños después de haber sido abusada por alguien en quien confiaba?
—Tienes que entender, Martin, fui una chica precoz. Me desarrollé temprano, era coqueta. Siempre interesada en chicos. Era una de esas chicas que buscan problemas y los encuentran.
Él supo sin preguntar que esas palabras eran de la madrastra de Violet.
—A riesgo de sonar repetitivo, ¿Dónde estaba tu padre en todo esto?
Ella arremolinó el vino alrededor de la copa. —Supongo que estaba demasiado ocupado para darse cuenta. Sin embargo, hice mi mejor esfuerzo por corregir eso, no te preocupes. Durante los próximos tres años me echaron de cuatro escuelas. Me decoloré el cabello, perforé mi labio, mi nariz, mis orejas. Traje a casa todos los perdedores de cabello largo sobre los que pude poner mis manos.
Levantó su copa. —Bravo por ti.
Ella había luchado con las únicas armas que tenía: su cuerpo y su espíritu.
—Gracias. También funcionó. Obtuve su completa atención cuando Diana me dio su ultimátum –me iba yo, o lo haría ella, pues no tendría a sus niñas bajo el mismo techo que yo.
—¿Qué dijo?
—Nada"
—¿Disculpa? —Apoyó sus manos en el mostrador y la miró fijamente. —¿Qué quieres decir con nada?
—Se negó a participar. Nos dijo que lo resolviéramos entre nosotras. Así lo hicimos. Yo me fui. Y no he vuelto.
Había orgullo detrás de esas simples palabras y una profunda herida. Trató de imaginarse cómo debió haber sido para ella –explotada por un mentor en quien confiaba, abandonada por la persona que debía estar allí para protegerla.
—Te repartieron una mano de mierda, Violet, —dijo en voz baja.
—No fue genial por un tiempo. Pero Elizabeth se aseguró de que yo saliera adelante. Sacó de mí todo el drama, el escándalo, las expulsiones, a pesar de que sus abuelos querían que se distanciara de mí. Ella nunca retrocedió o me decepcionó. Ni una vez.
Parpadeó y se dio cuenta de que estaba al borde de las lágrimas. Él rodeo el mostrador para acercarse a ella, tratando de entender. Ella le había contado toda la fealdad de sus diez años con los ojos secos, sin derramar ni una sola lágrima por su yo más joven. Ahora que estaba hablando de Elizabeth ¿se deshacía…?
—Violet, —dijo, deslizando su brazo alrededor de sus hombros.
Ella lo miró, sus pestañas de punta con la humedad. —Elizabeth llamó esta mañana. No va a regresar. Se queda en Australia.
Las lágrimas se extendieron, rodando por sus mejillas. Él la tomó en sus brazos, consciente de que una opresión crecía en su pecho. No por lo que acababa de contarle sobre Elizabeth, sino porque le dolía y no sabía cómo detenerlo.
—Lo siento, —dijo estúpidamente—. Sé lo mucho que significa para ti.
—Es mi mejor amiga. Mi roca.
—Lo sé.
Volvió el rostro en su hombro. Él apoyó su mano en la nuca y se quedó mirando la pared de la cocina. Si hubiera algo que pudiera decir o hacer para hacerla sentir mejor, lo haría, en un santiamén. Pero no había, por lo que todo lo que podía hacer era sostenerla.
Pensó en lo que acababa de decirle: llenar los espacios en blanco, uniendo los puntos.
Fuera que ella lo supiera o no, su dolor por perder a Elizabeth estaba amarrado a las heridas de su pasado. Había puesto todos sus huevos en la canasta de Elizabeth porque no tenía otras canastas y ahora Elizabeth la abandonaba, como lo habían hecho tantas otras personas en su vida.
Por un momento se llenó de una ira irracional hacia Elizabeth. Ella debía saber cuánto significaba en la vida de Violet, lo importante que era. ¿Cómo en la tierra podría alejarse de Violet, a sabiendas de su historia y de lo sola que estaba?
La parte racional de su cerebro sabía que Elizabeth tenía derecho a su propia vida. Estaba juzgando un solo lado como para entender cuánto derecho se había ganado a buscar su propia felicidad, en sus propios términos —incluso si eso significaba mudarse a la mitad de camino alrededor del mundo. Pero eso no detuvo sus ganas de sacudirla.
Violet se agitó en sus brazos, olfateando en voz alta.
—¿Tienes alguna servilleta?
—Tengo pañuelos. Espera y te traigo uno.
Se apartó de ella, su pecho haciéndose aún más pesado cuando vio cuán angustiada estaba. Caminó por el pasillo a su dormitorio y tomó un puñado de pañuelos de la cómoda, volviendo rápidamente la a la cocina.
Violet estaba secándose las lágrimas de sus mejillas con la punta de sus dedos y lucía vagamente avergonzada cuando él entró. Le entregó los pañuelos. Se limpió la cara y se sonó la nariz. Por último, hizo contacto visual con él.
—Lamento volcar todo eso en ti. Buena manera de arruinar una costosa botella de vino, ¿ah?
—Cállate, —dijo y luego la besó, porque no había otro modo de transmitirle cómo se sentía.
Protector y excitado y divertido y admirado eran sólo la punta del iceberg. Cada minuto, cada segundo con Violet era una revelación. Ella era asombrosa -fuerte y frágil, ardiente y dulce, tímida y atrevida. Una contradicción andante y hablante. Un rompecabezas. Un misterio en el que un hombre puede pasar toda una gloriosa vida desentrañando.
La idea le hizo romper el beso y dar un paso atrás. Los ojos de Violet estaban cerrados y los abrió lentamente. Él miró en su profundidad de color ámbar y sintió las piedras de su existencia desalineadas.
Desde sus primeros días, había tenido tantas ideas fijas sobre la forma en que había querido que fuera su vida. Demasiadas cajas que quería marcar.
Nunca había tenido el coraje o la amplia imaginación para conjurar a Violet, a imaginar una vida con ella a su lado.
Que tonto de él.
Dio un paso más lejos de ella, una poco asustado por sus propios pensamientos. —Será mejor que termine esta comida, o no vamos a comer hasta la medianoche.
Capítulo nueve (primera parte)
Traducido por flochi


Violet tomó su vino y observó a Martin moverse por la cocina con sorprendente y reveladora confianza. Nunca había soñado que cocinara, pero claramente lo hacía. Él lo disfrutaba, como lo evidenciaba la bien usada tabla de cortar, la extensa colección de especias y la amplia selección de libros de cocina que ella vislumbró cuando él abrió la despensa.
Lo había llenado de preguntas sobre su comida mientras él trabajaba, en parte porque estaba fascinada por esta nueva mirada hacia él y en parte porque estaba avergonzada luego de deshacerse en la pechera de su camiseta.
Ella no debería haberle contado de su familia. No reflejaba bien a ninguno, mucho menos a sí misma, y ya era historia antigua. Un poco a carne viva el día de hoy, pero aún así antigua. Con respecto a las noticias de Elizabeth… Había un millón de maneras más amables con las que ella pudo haber roto con él. No es que estuviera devastado por la revelación de que Elizabeth no regresaría a casa. Por otro lado difícilmente compartiría esa reacción con Violet, ¿no? No cuando estaban durmiendo juntos.
Tragó más vino y trató que todo simplemente se fuera. No podía hacer nada sobre el pasado, y no podía hacer nada con respecto a Elizabeth, y tampoco podía retirar las cosas que le había contado.
—Todo estará bien, Violet.
Ella alzó la mirada y lo encontró mirándola fijamente. Tranquilizadoramente. Había escuchado las mismas palabras cientos de veces en el transcurso de los años, pero ganaron un nuevo poder cuando Martin las dijo. Estaba tan seguro. Tan sólido, real y decidido.
Ella asintió, sintiéndose de alguna manera más ligera.
—¿Por qué no vas al living y pones algo en el estéreo?
Obedientemente recogió su copa y fue a la sala.
—Los CDs están en el extremo izquierdo de la librería —gritó él.
Los divisó y se dirigió hacia ellos. Rápidamente descubrió que su gusto era sorprendentemente ecléctico. Bach y Beethoven, Springsteen y Simon Y Garfunkel, Coldplay y Adele. Sus cejas se elevaron cuando vio un familiar CD amarillo brillante.
—¿Desde cuándo te gustan los Sex Pistols? —gritó ella.
—Desde que tenía 14 años y estaba rodeado por cabezas rapadas y una juventud furiosa y despojada de sus derechos.
Sonrió para sí cuando sacó el CD y lo metió en el reproductor. No su tradicional comida festiva, pero esto apenas era una celebración tradicional.
Estaba a punto de dirigirse de regreso a la cocina cuando vio una invitación cuidadosamente doblada colocada sobre el mantel. La apertura, los estruendos acordes de “Anarchy in the UK” llenaron la sala en tanto cedía a la curiosidad y se acercaba un paso.
Era una invitación a una cena Equinoccio de Primavera en el Savage Club. Sonrió, sabiendo lo duro que había trabajado Martin para posicionarse para la membrecía en el exclusivo club. El padre de ella había sido miembro por años y había escuchado suficiente acerca de los estirados tejemanejes de ahí para saber más allá de cualquier duda que ella se aburriría sin sentido por todo ello, pero significaba algo para Martin. Qué maravilloso que finalmente haya conseguido lo que quería.
Se preguntó indiferente con quien iría. Elizabeth iba a ser difícil de superar por cualquier simple mujer mortal.
Su vientre se apretó cuando pensó en Martin llevando a otra mujer a una cena de lujo. Se preguntó quién entre sus conocidos sería. ¿Alguien del trabajo, quizás? O tal vez una amiga que podía intervenir para ayudarle.
Siempre podría llevarte a ti.
La idea fue tan absurda que se burló en voz alta. Martin y ella habían tenido sexo un par de veces, pero no tenían una relación. Ella no era tonta o ingenua para disfrutar de esa pequeña fantasía. La cena era a mediados de marzo, más de dos meses faltaban. Él verdaderamente habría seguido hacia adelante para ese entonces.
Además, ella era la última persona a la que él le gustaría llevar al Savage Club. Quería a alguien que le diera mérito. Alguien elegante, sobria y adecuada. Podría disfrutar follando a Violet, pero estaba como a un millón de millas del tipo de mujer que él querría en su brazo en tal evento.
Metió la invitación en el mantel y volvió a la cocina.
Él estaba salteando algo sobre la impresionante estufa de seis mecheros.
—Huele bien —dijo ella cuando volvió a su taburete.
—Patatas Dauphinoise. Lo tendremos con coq au vin [pollo al vino] y habichuelas en ajo. Me temo que solo tengo helado de postre.
—Intentaré tragarlo.
Esbozó una sonrisa sobre su hombro hacia ella. Ella dejó que su mirada se deslizara por su espalda hasta su trasero. Imposible mirar su cuerpo sin recordar cómo se sentía tenerlo sobre ella, su bienvenido peso presionándola en la cama, su cuerpo moviéndose dentro de ella…
Martin regresó a la encimera para recoger un tazón con algo picado, su mirada encontrándose con la suya. Se quedó quieto por un segundo, entonces una pequeña y conocedora sonrisa curvó su boca.
—Se paciente —dijo, su voz un poco áspera.
Que él supiera lo que ella estaba pensando –lo que quería- simplemente por mirarla lo único que hizo fue transformarlo en más. De alguna manera se las arregló para atravesar el plato principal, pero cuando él fue a la cocina a servir el helado ella lo siguió y lo llevó al dormitorio.
Lo tuvo perversamente en la cama, luego en la ducha. Después, hizo ruidos sobre irse porque no quería prolongar su estadía, pero Martin le quitó la ropa y le ordenó que volviera a la cama. Durmieron enroscados, y a la mañana hicieron el amor nuevamente antes de que él la llevara a su casa.

Esa noche marcó la pauta para las siguientes seis semanas. Si Martin estaba ocupado con el trabajo, ella iba a su casa y se repantigaba en el sofá leyendo un libro mientras él repasaba contratos o revisaba material. Cuando ella consideraba que él ya había hecho suficiente por el día, lo distraía de la manera más provechosa. Cuando no estaban en la casa de él estaban en la de ella, haciendo lo mismo, menos lo del trabajo. Ella lo introdujo a los placeres de la reality TV cuando descubrió que su idea de relajarse era un vigoroso juego de squash. Él la introdujo a los placeres de las buenas comidas, el buen vino y un impresionante sistema de estéreo.
De vez en cuando ella experimentaba un pequeño susto de sorpresa cuando se daba cuenta que este era Martin St Clair con quien lo estaba haciendo todo. Ni en un millón de años habría pensado que estaría enrollada yaciendo en un sofá junto a él, sus manos haciendo cosas maravillosas en el arco de su pie mientras miraban “Dancing with the stars”. Él la hacía reír, la hacía pensar, y sí, a veces la exasperaba con sus prepotentes pronunciamientos de-esta-manera-es-como-se-hará. Sin embargo, ella nunca lo dejaba salirse con la suya, y peleaban más de una vez. Pero siempre se reconciliaban de una manera espectacular, por lo que ella pensaba que valía la pena la molestia.
Porque los días eran cortos y todavía hacía frío, fue fácil sentir como que estaban viviendo en su propia burbuja. Hubo pocas interrupciones preciosas del mundo real, y eso lo hacía engañosamente fácil para Violet fingir que lo que estaba pasando entre Martin y ella era cerrado y privado. Le hablaba a Elizabeth al menos una vez a la semana, y cada conversación estaba enfocada en Nathan y los que planes que él y Elizabeth habían hecho para el futuro. La habitual culpa y la auto recriminación pesaban sobre Violet luego de colgar el teléfono, pero no contarle sobre Martin se había convertido en su propio problema, ahora que había pasado tanto tiempo. Una vez que el gato estuviera fuera de la bolsa, Elizabeth estaría obligada a hacer preguntas y cuando Violet las respondiera sinceramente, Elizabeth sabría que Violet había ocultado su confesión por casi tres meses. Tres meses durante los cuales habían hablado varias veces, con Elizabeth compartiendo todos los detalles importantes y sin importancia de su vida, mientras Violet retenía el hecho más significativo de la suya. Un hecho que tenía resonancia directa y personal para Elizabeth.
Porque era un simple ser humano, Violet intentó justificar su comportamiento y minimizar su deslealtad hacia su amiga. Se dijo que Elizabeth claramente lo había superado—ella estaba profundamente, locamente enamorada de otro hombre, después de todo, tanto así que planeaba emigrar para estar con él—y que la misma Elizabeth le haya dicho tantas veces que nunca amó a Martin de la manera en que él se lo merecía. Elizabeth no tenía ningún reclamo sobre Martin. Él era un agente libre. Al igual que Violet.
Cuando Violet se estaba sintiendo muy tranquila y racional, ambos argumentos casi la convencieron de que Elizabeth estaría completamente bien con la noticia de que su mejor amiga estaba saliendo con su ex-prometido. Entonces pensó cómo se sentiría ella en los zapatos de Elizabeth y supo que incluso la más generosa y abierta de las amigas tendría problemas para aceptar el descubrimiento de que semanas después de que Elizabeth haya cancelado su compromiso, Violet saltó a los huesos de Martin.
Era demasiado pronto. Violet lo sabía en sus entrañas, y Elizabeth estaría totalmente justificada en sentirse herida, traicionada y menospreciada. Sería un milagro si la verdad no dañaba su amistad para siempre, o al menos irrevocablemente. El pensamiento de Elizabeth siendo distante y recelosa con ella fue casi más devastador para Violet que la noción de que su amiga podría repudiarla totalmente una vez que ella supiera lo que había estado pasando.
Y mientras Violet seguía mordiéndose la lengua, y la culpa ocupaba residencia permanente en su vientre, un pequeño guijarro duro y frío que nunca se iba, incendiando el estómago a proporciones dolorosas cuando le hablaba a Elizabeth y casi muriendo cuando estaba con Martin.
Una parte de ella supo que la burbuja tenía que estallar en algún momento. Solo había tiempo para meter la cabeza en la arena y fingir que lo que estaba sucediendo no estaba pasando y que no significaba nada para ella misma, Elizabeth o Martin.
Las cosas llegaron a un punto donde ella y Martin decidieron salir a comer para cambiar un miércoles a la noche cuando febrero daba paso a marzo. Hasta ahora habían limitado sus reuniones a la casa de él o a la de ella, sobre todo porque era mucho más conveniente tener una puerta cerrada entre ellos y el resto del mundo cuando las cosas se volvían tórridas—como inevitablemente lo hacían, siempre. Pero este miércoles Martin llegó tarde a casa de la oficina, y Violet tuvo que acurrucarse en la entrada de su departamento por casi veinte minutos antes de que su coche se detuviera en la acera.
—Lo siento. Tuve una llamada telefónica de uno de los socios senior justo cuando me estaba dirigiendo a la puerta… —Se apresuró a subir las escaleras a donde ella estaba parada y le tomó las manos, mirando su rostro con preocupación—. Pareces muerta de frío. ¿Tengo que meterte bajo una ducha caliente?
—Solo si formas parte del trato —dijo ella, conmovida por su preocupación.
Se dio la vuelta hacia la entrada del edificio, asumiendo que irían adentro ahora, pero él siguió estando a su espalda.
—Pensé que comeríamos afuera. No tuve oportunidad de ir al supermercado esta noche.
Ella parpadeó, momentáneamente cogida desprevenida por la sugerencia. Como si la idea de salir en público y comer juntos fuera una creación innovadora que ella necesitara ser persuadida en vez de algo que la gente hacía cada día.
—¿No quieres salir a comer? —preguntó él, pareciendo ligeramente desconcertado por su reacción.
—Seguro. Claro. ¿Qué tienes en mente?
—Hay un nuevo lugar Tai sobre la Calle Principal. No lo he probado todavía pero supongo que es bueno.
—Suena perfecto.
La llevó a su coche. Se concentró en ponerse su cinturón de seguridad, todo el tiempo tratando de averiguar por qué se sentía de repente tan desequilibrada. Le tomó un minuto entender que era porque salir a cenar juntos era el tipo de cosas que una pareja normal hacía. Y ella no los consideraba ni normal ni una pareja.
Después de todo, la mayor parte de sus interacciones hasta la fecha habían sido llevadas por una casi química compulsiva sexual, una necesidad de estar desnudos que derrotaba la lógica y la fuerza de voluntad. Había descubierto que realmente le gustaba él tanto como follarlo había sido un beneficio agradable secundario de todo ello, pero era innegable que el sexo era lo que los había unido.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Martin mientras navegaba a través del tráfico de la hora pico.
—Un poco lento. Pero siempre es así a principios de año. Tengo material nuevo llegando al final de la semana y voy a rehacer la vidriera el siguiente lunes. Eso debería generar un poco más de tráfico.
—¿Qué tienes planeado? ¿Para la vidriera, quiero decir?
Ella lo miró, segura de que él estaba siendo tan solo cortés, pero parecía genuinamente interesado. Así que le contó, describiendo los exhibidores que había estado recogiendo. Continuaron una charla sobre la comida, discutiendo su día y el gran caso por el que él tuvo que subir y el hecho de que él tenía la esperanza de asistir a un simposio internacional sobre el fraude fiscal en el año. Poco a poco ella se relajó, sintiéndose tonta por su malestar anterior.
Al final del día, era una comida. Alimentos que compartirían en un lugar público. No algo importante. Ni siquiera cerca de serlo.
Martin insistió en pagar y todavía estaban discutiendo sobre ello cuando salieron a la calle.
—¡Violet! Qué casualidad… he querido llamarte toda la semana para preguntarte si te quedaron algunas de esas divinas bufandas Camboyanas.
La cabeza de Violet se elevó rápidamente cuando la mirada de Melissa descendió sobre ellos, su marido Lewis a la zaga. El cuerpo entero de Violet se tensó cuando la mirada de Melissa se deslizó sobre su hombro y encontró a Martin. Violet lanzó un discurso, el pánico elevándose en su interior.
—Vaya, este es obviamente el nuevo lugar de moda. Acabo de encontrarme a Martin dentro. —Violet pudo escucharse hablando demasiado rápido pero fue incapaz de detenerse. Todo en lo que podía pensar era que Melissa y Elizabeth habían ido a la escuela juntas y que ella sabía todo por el hecho de que ellas intercambiaban emails regularmente—. Claramente, todos hemos estado leyendo los mismos blogs de comida. Quizás esa sea la razón por la que está lleno hasta casi reventar allí dentro.
La sonrisa de ella fue tan amplia que le dolieron las mejillas.
Por el rabillo del ojo vio a Martin fruncir el ceño. Entonces él se adelantó para estrecharle la mano a Lewis.
—Estaba diciéndola a Violet que evitara el curry rojo a menos que tuviera un estómago blindado —dijo él con facilidad.

Violeta dirigió toda su atención a Melissa, moviéndose sutilmente lejos de Martin. “para responder tu pregunta, lamentablemente todas esas bufandas se fueron. Pero estoy esperando un nuevo cargamento esta semana, junto con un montón de otras cosas. Debes dejarte caer. Tengo algunos chales de cachemira de origen italiano que creo que amaras.” Ella continuo ablando de moda con Melissa mientras Lewis y Martin hablaban de futbol. Después de cinco minutos Lewis atrapo la mirada de Melissa.
“vamos a perder nuestra mesa si no partimos,” él dijo.
“me tengo que ir también,” dijo violeta.
“encantada de verlos. Tengan una gran noche.” ella levanto una mano en señal de despedida y comenzó a caminar. Ella pudo oír a Martin despedirse también. No hizo más que alzar su mirada sobre su hombro y caminar directo a su coche, solo parando cuando estuvo a salvo alrededor de la esquina.
Dejo salir su aliento en una ráfaga, cerrando sus ojos. Que cerca habían estado. Demasiado cerca. La idea de Elizabeth conociendo lo que había ocurrido entre ella y Martin de un tercero la hacia sentir mareada y ansiosa. Ella abrió sus ojos de nuevo justo cuando el carro de Martin cruzo alrededor de la esquina. Él se detuvo junto a ella y ella lo miro a sus ojos, no sorprendida de ver que el tenia su cara de abogado sobre su cara, totalmente inexpresivo. Camino hasta el lado del pasajero y entro. Salió del tráfico. Ninguno de los dos dijo una palabra por unos segundos.
“supongo ¿Qué todavía no le has dicho a Elizabeth de nosotros?” su voz era cuidadosamente neutral.
“no veo el punto. “No era estrictamente la verdad, pero ella apenas iba a darle un resumen detallado de su mezclado, cargado de culpa proceso de pensamiento donde el y Elizabeth estaban afectados.
“¿no lo haces?”
“se honesto. ¿Cuánto crees que va a durar esta cosa entre nosotros? ¿Un par de meses?”
“ya han pasado mas de dos meses, violeta.”
“sabes lo que quiero decir. Nosotros somos aceite y agua, Martin. La única cosa que tenemos en común es el buen sexo.”
Él fue más lento en responder esta vez. “tenia la impresión que había un poco mas que eso. Pero si es como tu vez las cosas. Entonces yo estaba obviamente equivocado.”
Su rostro estaba todavía en blanco, pero un musculo parpadeo en su mandíbula y violeta supo que ella lo había herido con su reductivo comentario de su relación.
“¿Cómo ves las cosas entonces?” las palabras se deslizaron sin su permiso. Su estomago dio un lento, nervioso giro mientras esperaba que el respondiera.
“¿es importante?” había una tirantez en su expresión y ella recordó que no hacia mucho tiempo la mujer a la que había preguntado para casarse con él lo había rechazado en términos no muy claros. De repente la forma en que ella le negó –les negó- de vuelta al restaurante adquirió una nueva luz.
“no se lo que quieres de mi,” ella dijo.
El miro a través de ella mientras giraban en la esquina, sus ojos grises muy directos. “si, lo sabes.” Trago saliva. En el fondo, ella sabía que esta conversación estaba viniendo, y asusto la mierda fuera de ella. Sentía como si sus entrañas estaban temblando, como si pudiera perder su comida.
“no hace mucho tiempo, tu me despreciabas,” ella dijo. “apenas podías soportar mirarme.”
“y ahora no puedo mantener mis manos lejos de ti o sacarte de mi cabeza. ¿Con cual de estas reacciones crees que es el reflejo más exacto de mis verdaderos sentimientos, violeta? Déjame darte una pista –a pesar de que estamos discutiendo, a pesar de que estoy casi cien porciento seguro que estas apunto de abandonarme, tengo una erección con tu nombre sobre ella. Eso es lo que apenas puedo soportar mirarte.”
La crudeza de su confesión trajo lágrimas a sus ojos. Él era mucho más valiente que ella.
“¿Cómo podría abandonarte, Martin? ¿En que universo crees que seria capaz de hacer eso?” dijo, con su voz quebrada.
El desvió el coche a la acera y la siguiente como que supo era estar es sus brazos, ser aplastada contra su pecho mientras el la besaba con una salvaje, irresistible intensidad. Ella se agarró de sus hombros con tanta fuerza que sus dedos dolían, tratando de acercarse a él. Después de un puñado de desesperados segundos se separaron, mirando dentro de los ojos del otro.
“no se trata solo de sexo, ¿verdad?” ella dijo.
“nunca fue solo sexo.” Se inclino hacia adelante y la beso de nuevo, una gentil, tierna promesa de un beso.
“eso significa que ¿quieres que vaya a la cena del club Savage contigo?” las palabras se deslizaron fuera por su propia voluntad. Había estado pensando sobre esa invitación y que significaría para el y lo mucho que quería que él le preguntara para ser su pareja desde que vio la condenada cosa en su camisa.
“Por supuesto.”
Para su crédito, lo dijo sin vacilar, pero ella sabia él debía tener sus reservas. Una cosa era reconocer que ellos de alguna manera habían caído dentro de una relación, pero ella no había sido exactamente el mismo molde de Elizabeth.
Lejos de ello.
“no te voy a avergonzar, no te preocupes.”
“sé que no lo harás.”
“lo creas o no, se como jugar el juego. Incluso puedo ser bueno en eso. Si te preocupa, tu puedes-“ el beso las palabras de sus labios.
“no estoy preocupado. Vamos a ir. Tendremos una buena noche, o no. No es un trato para romper.”
“se lo mucho que significa para ti entrar a ese club.”
Él se encogió de hombros casualmente. “seria bueno. Pero no estoy preparado para vender mi alma por eso.” Había sido difícil ganar ese conocimiento de si mismo en sus ojos, ello lo vio, mientras conoció y entendió que él había estado revaluando su vida a raíz de la ruptura de su compromiso.
“¿es por eso que tomamos el Chateau Margaux el día de navidad?”
“eso es exactamente el porqué.” El miro muy serio y un poco apesadumbrado, como si el estuviera enojado consigo mismo por algunas de las decisiones que había hecho y los caminos que había elegido. Ella alargo la mano e hizo desaparecer el pequeño ceño entre sus cejas con su dedo índice.
“llévame a casa, Martin. “Dijo simplemente
Martin se sentía optimista, quizás incluso un poco eufórico, mientras entraba a trabajar a la mañana siguiente. El acaba de dejar a violeta desnuda en su cama y planeaba llevar la imagen de su saciada, sensual sonrisa con el durante el día.
Un peso se había levantado de sus hombros después de su conversación de anoche. En las últimas semanas se había dado cuenta que lo que estaba pasando entre ellos tenia el potencial de redefinir su vida. Violeta era vibrante y audaz y apasionada e impulsiva y tan sexi que podía ponerlo duro sin pestañear. Ella lo hacia reír, y lo hacia ver su mundo con nuevos ojos. Y, si, ella era tan diferente de Elizabeth como era posible de ser.
Gracias. Dios.
Su animo disminuyo momentáneamente cuando recordó la parte anterior de la noche pasada, la parte donde violeta se distanciaba a si misma de el fuera del restaurante y mentía a través de sus dientes para convencer a Melissa y Lewis que ella accidentalmente se habían encontrado el uno al otro. A pesar de sospechar que ella todavía no se había sincerado con Elizabeth acerca de que estaba pasando entre ellos, él no lo sabía a ciencia cierta. La confirmación de sus sospechas combinada con su negación le había golpeado bien y verdaderamente fuera de balance.
El sabía que estaba probablemente a un millón de millas de la clase de hombres que ella citaba. Él no era salvaje. No era bohemio. La no venia de la clase correcta de familia, él no se codeaba con la clase correcta de personas. Pero el también sabia que sacudía su mundo en el dormitorio y que ella apreciaba su mordaz, seco sentido del humor y que ella parecía tan ansiosa de pasar tiempo con el como el con ella, tanto dentro como fuera de la habitación.
Lo que él no había sabido hasta la noche pasada era si todo esto era suficiente para violeta. Si él era suficiente.
Pero ella había contestado esa pregunta por el anoche. Por primera vez ambos habían reconocido que esta cosa los había tomado por sorpresa era real, y que valía la pena aferrarse a ella.
Lo cual explicaba el zumbido en su sangre esta mañana y el hecho de que si no andaba a zancadas bajo el alfombrado pasillo hacia su oficina, el estaría muy tentado de empezar a silbar.
Casi había llegado a su oficina cuando Edward y uno de los otros socios antiguos salieron de la sala de reuniones. Martin intercambio saludos con todos ellos, muy consiente del poco natural incomodidad en el comportamiento de Edward. Martin siguió a su despacho, desechando su maletín y abrigo y encendiendo su computador para el día. Sus pensamientos estaban todavía fuera en el pasillo, sin embargo, repasando la tensa, poco moderada conversación que había tenido con Edward.
Era una situación incomoda. Martin entendió eso. Pero él quería pensar que su relación con Edward era más grande y más robusta que lo que había sucedido con Elizabeth. Él quería pensar que el y Edward tenían su propia conexión, una que existía fuera del hecho que él había estado una vez apunto de casarse con la nieta del otro hombre. Pero había sido durante varios mese, y en lugar de apaciguarse, las cosas solo se hicieron mas incomodas entre ellos.
Martin considero el papeleo sobre su escritorio, todo ello lo bastante urgente como para necesitar ser tratado esta mañana. Se dirigió hacia la puerta.
“estoy devuelta en veinte,” dijo cuando tammy levanto la vista de su escritorio con sorpresa.
Tomo el ascensor hasta el decimo piso, caminando dentro del silencioso, de peluche reino de los socios mayores. La secretaria de Edward, Ida, estaba ocupada en una llamada en la oficina exterior y levanto un dedo para indicar que no era el momento. Martin podía ver a Edward en su escritorio y le dio a Ida una sonrisa tranquilizadora antes de pasar frente a ella y dirigirse directamente a ver a Edward.
Llamo a la puerta abierta. “Edward. ¿Tienes un minuto…?”
Edward levanto la vista del periódico que estaba leyendo, sorpresa en su rostro.
“Por supuesto. Entra. Toma asiento.” Martin lo hizo, frente a su mentor a través de una amplia franja de caoba.
“quiero aclara las cosas,” Martin dijo con valentía. “quiero que sepas que en lo que a mi respecta, la boda cancelada fue algo bueno y no tengo absolutamente ningún resentimiento hacia Elizabeth.”
Edward parpadeo. Estaba claro que había estado esperando que Martin planteara un asunto de trabajo, en lugar de corridas-de-explanación en lugar del territorio que ambos habían estado esquivando por semanas.
“bueno, me has sorprendido.”
“pensé que podría ser el caso. Que quizás estabas operando bajo la falsa creencia que a mi respecta.”
“ciertamente me he estado sintiendo muy responsable por la parte que jugué en la ruptura,” dijo Edward fríamente. “nunca debí haberte pedido que eligieras entre tu lealtad por mi o por Elizabeth.”
Martin sonrió levemente. Cuando Edward le había dicho que el padre natural de Elizabeth estaba vivo, él no había dudado en asegurarle al hombre mayor que él podría –por supuesto- mantener su confidencia. Una de las muchas señales, si se hubiera tomado la molestia de buscarlos, que su matrimonio había sido condenado antes de que comenzara.
“con todo respeto, nunca te he escogido por encima de Elizabeth.”
“no. Supongo que no.” La mirada de Edward estaba evaluándolo Profundamente. “¿estas realmente reconciliado con esto?”
“absolutamente. Creo que Elizabeth y yo tomamos las decisiones con la cabeza, Edward, no con el corazón, no se si esto tiene sentido para ti o no. Todo lo que puedo decir que siempre voy a respetar y admirar a Elizabeth. Ella ha sido una verdadera y amada amiga para mí y deseo toda la felicidad con Nathan. Pero no tengo el corazón roto. No por mucho tiempo.” Pensó en violeta y no pudo parar la sonrisa que tiro de las comisuras de su boca.
Edward echo atrás su silla y arreglo su chaqueta, un pequeño tic molesto que había tenido todo el tiempo que Martin lo había conocido. “bueno. Tengo que decir que me siento aliviado. Y sé que vera lo estará, también, cuando se lo cuente. Ha sido un momento incomodo, tratando con toda la caída. Y ninguno de los dos puede olvidar el hecho que nosotros los empujamos a los dos juntos.”
“ambos fuimos suficientemente voluntarios en ese momento. Pero afortunadamente Elizabeth tuvo el buen sentido de hacer lo que tenia que hacer.”
“¿puedo por lo menos ofrecerme para pagar cualquier gasto en el que hallas incurrido? Es algo que ha estado pesando en mi mente.”
“lo puedes ofrecer, ciertamente.”
La boca de Edward se curvo en una sonrisa, una agradecida sonrisa. “¿supongo que no hay ningún punto en insistir?”
“puedes intentar. Pero todos me dicen que soy un bastardo testarudo.” Edward puso sus manos sobre su rodilla y examino la punta de sus zapatos durante un largo rato. Cuando el levanto la vista, sus ojos azules estaban claros y directos.” Por si sirve de algo, yo tenía ganas de tenerte como mi yerno, Martin. Muchísimo.”
Martin trago un repentino nudo de emoción, este hombre había sido muy bueno con el. Generoso mas allá de las palabras con su sabiduría y guía y soporte. “vale mucho la pena, Edward. Mas de lo que puedes saber.”
Ambos se levantaron al mismo tiempo. Edward ofreció su mano y Martin la tomo. “a Vera y a mi nos gustaría si vienes a cenar pronto.”
“me gustaría eso, también.”
El paso de Martin era mas ligero mientras se dirigía a los ascensores. No era tan tonto como para creer que el y Edward podrían regresar al mismo nivel de intimidad, pero él se sentía seguro ahora de que su amistad iba a sobrevira de una forma u otra.
Sonrió para sus adentro mientras las puertas del elevador se abrían. No hace mucho tiempo, Elizabeth le había dicho que un día él podría darle las gracias por suspender la boda. En ese tiempo, él había dudado que ese día nunca llegara.
Había sido un idiota, en más de un sentido. Pero finalmente –finalmente. Él estaba empezando a ver la madera de los arboles.

Capítulo 10
(Primera Parte)


Traducido por: Xhessii


Violet pasó una mano para alisar su falda, luego se inclinó hacia el espejo para revisar si la línea de su labial estaba derecha. La mano que acercó a su boca estaba temblando y formó un puño con él.

Estúpida.

Sólo era una cena. Un puñado de gente que se sienta en la mesa, comiendo comida mediocre. ¿Qué importaba si era en el Savage Club?

Ella no daba dos bocinazos por lo viejo, reverenciado y exclusivo que era el lugar.

Pero Martin sí, y a ella, él le importaba.

Un montón.

Él trabajó mucho por esto, y esta noche sería el empujoncito final que necesitaba para ganar la entrada al club. Él diría las cosas correctas a la gente correcta, como siempre lo hacía: y ella haría su mejor esfuerzo para no entrometerse y mantener sus labios sellados.

Tenía nervios. Ella había pasado la mayor parte de su vida siendo escandalosa. Marcar las líneas iba a llevarle un poco de concentración real.

El timbre del interfono sonó y ella se apresuró a la puerta principal para dejar entrar a Martin.

—Pasa.

Los nervios en su estómago se intensificaron cuando lo escuchó subir las escaleras. Ella miró su vestido, preguntándose por cincuentava vez si era lo suficientemente conservador. En realidad, ella no tenía un récord impecable en esa dirección.

Después de numerosas expediciones de compras ella había elegido un vestido de seda color rojo profundo con una falda de lápiz que terminaba justo por debajo de los tobillos. Abrazaba sus caderas discretamente antes de levantarse a abrazar un cuerpo en forma. Un profundo y estilizado volante formaba un cuello halter. El escote era modesto al frente, pero por detrás era completamente desnudo, una sutil muestra sexy que ella había decidido en la tienda que era refinado y elegante. Aunque, ahora, no estaba segura.

Si él lo odia, lo sabré, e iré a cambiarme. Debe haber algo en mi guardaropa que deba pasar.

—Vas a necesitar un saco. Está lloviendo amenazadoramente —dijo Martin mientras entraba. Detuvo sus pasos cuando la vio, su mirada se deslizó desde la punta de su cabeza hasta las puntas de sus zapatos, entreteniéndose en los mejores lugares entre ellos.

—Hola —dijo él, su tono era suave como la seda y sugestivo.

—Hola.

—Te miras imponente. Absolutamete imponente.

—Déjame mostrarte esto primero. —Ella se giró, ofreciéndole su espalda. Ella se mordió su labio, esperando su respuesta—. ¿Es demasiado?

Ella sintió la calidez de su cuerpo mientras él se acercaba por detrás. Sus brazos la rodearon, volando sobre la seda. Él dio un beso en su hombro, y otro detrás de su oreja.

—Vas a causar una estampida. Y tal vez un par de ataques al corazón. Y definitivamente uno o dos divorcios.

Ella sonrió, manteniendo el contacto se giró al mismo tiempo que él lo aseguró.

—Okey. Entonces estoy lista.

Ella parloteó todo el camino a Whitefall, cerrando nerviosamente los botones de su abrigo.

En un punto, Martin la agarró y puso una mano sobre la de ella.

—Relájate. Se supone que debe ser divertido.

—¿Lo es? Pensé que se suponía tener una red de amigos, platicar y cualquier otra cosa que los hombres hacen en sus enclaves solo-para-hombres con olor-permanente-a-humo-de-cigarro.

—Como dije, divertirnos.

Ella sonrió con su broma y se relajó un poco, pero era imposible eliminar todos los nervios. Ella quería que esto fuera un éxito para él. Ella quería probarle que podía ser tan refinada, con más valor de lo que tenía Elizabeth. Ella estaba quieta mientras pensaba. Esto no era una competencia: Elizabeth se había excusado a sí misma del campo hace tiempo. Pero incluso si lo era, Violet nunca le daría una oportunidad. La discreción y la gracia nunca habían sido una de sus fortalezas.

Sus nervios le dieron un infierno hasta el momento que caminaron hacia la puerta.

Entonces, ella miró al océano de cabezas de cabellos grises y se dio cuenta que la única persona que importaba en todo esto era Martin, y ella ya tenía su aprobación. Su ansiedad voló lejos como el polvo. Ella deslizó su mano en la de él y sonrió.

—Okey. Vayamos a ocasionar algunos problemas.

Él le sonrió, sus ojos grises se volvieron cálidos.

—Primero las damas.

La siguiente hora voló con una sorprendente facilidad.

Ella era una del puñado de mujeres presentes que tenían menos de cuarenta, justo como Martin era uno de los pocos hombres jóvenes. Sorprendentemente, ella reconoció algunas caras de la infancia, hombres que visitaban la finca de su padre en Sussex para cazar o alguna otra búsqueda masculina. De alguna manera, terminó platicando con dos de ellos mientras Martin platicaba con el presidente del club y con su esposa del otro lado de la habitación.

Ella escuchó con un oído la conversación mientras miraba a Martin. Él se miraba alto y guapo sin esfuerzo, con su traje gris oscuro, con una fila de botones. Él hacía gestos con una mano mientras hablaba, el movimiento era elegante y atlético.

La esposa del Presidente dijo algo y él se rió, haciendo su cabeza para atrás. Una ráfaga de lujuria pura corrió por ella mientras miraba a su fuerte cuello.

¿Siempre iba a ser así entre ellos?

Del otro lado de la habitación, Martin miró hacia ella.

Incluso desde esa distancia ella podía ver la llama del deseo en sus ojos. Ella le dio una sonrisa lenta, preguntándose que diría él si ella le sugería que se fueran con disimulo a algún lugar.

Claro, no es que ella lo tentara esta noche de esa forma. Pero era una bonita fantasía para tener placer por unos segundos.

Una campanada sonó como señal de que era tiempo de que fueran al comedor y tomaran sus asientos. Martin se dirigió hacia ella, presumiblemente para escoltarla a su mesa.

Un torbellino de actividad a la entrada hizo que dirigiera su mirada hacia ahí, mientras unos cuantos comensales llegaban tarde.

Ella dejó caer su copa de vino cuando se encontró mirando directamente a los ojos azul claro de su madrastra. Por un segundo parecía que se quedaron inmóviles mientras se miraban la una a la otra. Entonces, Diana giró su hombro muy deliberadamente. Violet miró a la gente que la rodeaba hasta que se encontró con el perfil familiar de su padre.

Su cabello rojizo ahora era completamente gris, y miraba, que su cintura había engordado. Él siempre había amado la comida y el vino un poco demasiado. Mientras miraba, él subía una mano a su corbata y la giró a la izquierda, luego a la derecha. Era un gesto familiar y trajo un montón de recuerdos.

—Violet.

Ella parpadeó. Martin estaba a su lado. Ella no podía recordar que él llegara, pero tenía la impresión que no era la primera vez que decía su nombre.

—¿Estás bien? —preguntó él, su tono era suave, su mano posó en su espalda.

—Mi padre acaba de arribar.

La mirada de Martin se dirigió a la gente que estaba en la puerta.

—El hombre alto. Con cortaba roja —adivinó.

—Sí.

—¿Está tu madrastra con él?

Ella asintió. —Ella es la que está de azul.

Sus ojos se estrecharon mientras estudiaba a Diana.

—A alguien le gusta el chocolate —dijo él
Era sólo un comentario malintencionado en el que no podía evitar reír.

—Le gusta. Y también los pasteles.

Él la miró. —¿Quieres irte?

—¿Antes de que hayamos comido? ¿Estás bromeando?

Una partida temprana sería el beso de la muerte para su nominación.

—Si tú quieres irte, nos iremos —dijo él, si mirada era firme.

Ella podía ver que él lo decía de verdad. La gratitud la envolvió. Era increíblemente dulce de su parte ofrecerlo, incluso cuando ella sabía lo mucho que esto significaba para él.

—Gracias. Pero ya he corrido y me he escondido lo suficiente para una vida. —Ella respiró hondo—. ¿Deberíamos ir a buscar nuestra mesa?

Como si la suerte estuviera de su lado, estaban sentados con el Presidente del club, justo a dos mesas de distancia de la mesa de su padre y su madrastra. Ella hizo lo mejor que pudo para pretender que no estaban ahí, escuchando atentamente al Presidente mientras él le explicaba la historia del club. Él le estaba explicando cómo fue nombrado el club cuando sintió que alguien la miraba.

Ella miró hacia arriba para ver a su padre observándola, con una expresión arrestada en su rostro. Era claro para ella que él apenas se acababa de dar cuenta que ella estaba presente. Qué típico de su madrastra que no le haya advertido. La mano de Martin se deslizó hasta su rodilla debajo de la mesa.

—¿Cómo estás? —dijo él rápidamente.

—Estoy bien.

Sorprendentemente, lo estaba. Diez años antes, ella había leído a la indiferencia de su padre como un acusamiento hacia ella. Ahora, ella lo sabía mejor. Él la dejó caer. Él optó por la paz con su nueva esposa que sobre-soportaba a su hija cuando Violet era la que más lo necesitaba. Él era el fracaso, la decepción, no ella. Era una revelación poderosa, e hizo que ella tuviera su cabeza en alto todo el tiempo que duró la comida. Ella estaba consciente de que Diana la miraba, pero Violet resistió la urgencia de girarse y sacarle el dedo a su madrastra o de sacarle la lengua. Si Diana quería decirle algo, ella podría venir e iniciar una conversación. Violet se negó a invertir más energía en esa mujer.

Aún así, para el momento en que los platos del plato fuerte estaban siendo retirados, ella se sentía un poco cansada por todas las sonrisas y por "no-dar-una-molestia" que había estado haciendo. Un trío de jazz empezó en la esquina más lejana, con una señal, aparentemente, para que la gente se levantara de la mesa.

La mujer que estaba a la izquierda de Martin desapareció para ir con un conocido, mientras el Presidente estaba atascado con gente que quería presionar su carne.
Capítulo 10, Parte II

Traducción SOS por Jo



Estaba considerando hacer una retirada a lo de las Damas cuando miró hacia adelante y vio a su padre demorándose en su mesa. Se tensó, sus manos curvándose en su servilleta. Luego él caminó derecho frente a ella y se detuvo junto a la silla del Presidente, ofreciéndole al otro hombre su mano e iniciando una conversación sin siquiera hacer contacto visual con ella.

Bajó su mirada al mantel mientras un calor de humillación llegaba a su rostro. El impacto por haberla ignorado era doloroso y punzante.

Ella en verdad significaba nada para él.

Martin giró su cuerpo hacia ella, su brazo curvándose alrededor de la parte trasera de su silla como si de alguna manera pudiera protegerla de la indiferencia de su padre. —Violet…

—Siempre es bueno ver un rostro nuevo en las habitaciones del club. Supongo que estás bien, ¿Violet?

Levantó su mirada sobre el hombro de Martin y se encontró con los ojos de su padre. Eran del mismo color que los de ella. También compartían el mismo color de cabello, antes de que el suyo se pusiera gris.

Abrió su boca para decir algo apropiadamente inocuo ahora que se había dignado a reconocerla, pero de pronto Martin estaba de pie entre ellos, bloqueando a su padre con su espalda.

—Vamos. Andando. —Su mano encontró su codo, insistiéndole para que se levante.

Ella sacudió su cabeza, muy consciente de que este abrupto movimiento había atraído la atención del Presidente.

—¿Qué? No, no hemos comido postre todavía. —Intentó decirle con sus ojos que no tenía que hacer esto para ella. Estaba más que feliz de tragárselo para que él pudiera obtener lo que quería.

—A la mierda el postre. No quieres estar aquí, Violet, y yo tampoco.

—Martin.

Él se giró y le clavó a su padre una mirada fría y dura. —Eres un imbécil.

Violet jadeó en sorpresa. Cabezas giradas, el volumen de la charla cayendo notablemente. Martin la impulsó lejos de la mesa, su agarre dolorosamente fuerte en su codo.

Sólo disminuyó la velocidad cuando llegaron al guardarropas, su agarre soltándose ligeramente en su brazo.

—¿Estás bien?

—Martin… desearía que no hubieras hecho eso. —Las lágrimas llenaron sus ojos cuando pensaba cuánto había codiciado la membrecía para este sagrado, exclusivo club.

—¿Crees que quiero pertenecer a un club que aceptaría a un idiota como ese? ¿Crees que quiero codearme con alguien que podría hacerte eso a ti?

Ella lo miró fijamente, a los fuertes planos de su rostro y el destello determinado de rabia en sus ojos y entendió que él era completa y totalmente sincero con su sacrificio.

Su pecho se hinchó de emoción.

¿Cómo había sentido aversión por este hombre alguna vez? ¿Cómo lo encontró viciado o aburrido o reprimido alguna vez? Era un caballero moderno, honorable, devoto, apasionado, y ella estaba perdidamente enamorada de él.

Abrumada y azorada, dejó que Martin la ayudara con su chaqueta y salieron hacia la noche. Habían estacionado en un garaje multi-nivel en la siguiente cuadra y caminaron en silencio por unos pocos minutos, sólo el sonido del click-click de sus tacones.

Finalmente habló.

—Creo que eso es la cosa más linda que alguien ha hecho por mí alguna vez.

—Quise decir cada palabra de eso. Si no fuera tan viejo habría roto su nariz, también.

Ella sonrió, amando su indignación, amando que fuera por ella.

Amándolo a él.

—Boxeó en Oxford. Podría haber roto tu nariz.

—Boxeé en Hackney. Confía en mí, habría roto más que su nariz.

Giraron dentro del garaje de estacionamientos.

—¿Sabes quién se vería bien con una nariz rota? Diana —dijo ella.

Él rió, el sonido haciendo eco en las paredes de concreto.

—¿Crees que podrías tomarla en un combate enjaulado?

—La comería para el desayuno. Ni siquiera sudaría una gota.

—Te apoyaría. En cualquier momento.

Ella también sabía que lo haría. Era un buen hombre. Un hombre real. El tipo que honoraba sus compromisos y hacía lo correcto y defendía lo que creía. Además cocinaba como un sueño y follaba como un Dios y la hacía sentir importante y sexi y especial.

Una ola de amor y lujuria ondeó dentro de ella mientras él desbloqueaba el Jag y sostenía su puerta abierta para ella. Se deslizó dentro, luego esperó impacientemente para que caminara alrededor hacia el otro lado del auto y se metiera en el asiento del conductor.

Él deslizó la llave en ignición, pero ella se estiró y atrapó su brazo antes de que pudiera partir el auto. —No lo hagas.

Él la miró, una pregunta en sus ojos.

—Pon tu asiento atrás —dijo ella.

Él miró por la venta. Estaba oscuro y desierto en el garaje, pero había un montón de otros coches alrededor.

—Pon tu asiento atrás —dijo otra vez.

Él tiró de una palanca y el asiento cayó hacia atrás. Alargó la mano hacia la hebilla de su cinturón, deslizándolo libremente con impacientes manos. Ella podía sentir cuán duro estaba él cuando bajó la cremallera. Él hizo un pequeño ruido inarticulado mientras ella bajaba su cabeza y lo tomaba con su boca.

Él sabía como el calor y piel limpia y ella lo tomó hasta el final de su garganta, revelando cuán grueso y largo era. Sus manos se deslizaron al cabello de ella mientras ella comenzaba a trabajarlo, su lengua atormentando la sensible cabeza de su polla. Ella vació todo su querer y toda su necesidad en el acto, haciendo todo para decirle a él con sus manos y boca lo importante que él era para ella, lo agradecida que estaba por todo lo que él había hecho esta noche, lo mucho que su sacrificio significaba para ella. Ella sintió la tensión creciendo en él y subió el ritmo, con ganas de darle tanto placer como ella podía. Queriendo enloquecer su mundo.

—Violet —murmuró, su voz entrecortada.

Ella podía sentir lo cerca que él estaba, podía sentir sus caderas levantarse del asiento mientras sentía la primitiva necesidad de bombear hacia algo. Entonces él s estaba viniendo, su cuerpo estremeciéndose por mucho tiempo, acabándose en segundos. Ella esperó hasta que él había terminado antes de darle a la cabeza de su hermosa polla una última, pesarosa lamida. Ella levantó su cara para encontrar a Martin mirándola con pesados párpados.

—No tenías que hacer eso.

—Quería hacerlo —tanto.

—Sabes que me has arruinado para otras mujeres, ¿cierto?

—Ese era el plan.

El levantó su mano y rozó con los nudillos a lo largo de la curva de su pecho, su expresión de repente muy seria. —¿Qué hice antes de ti, Violet? No puedo recordarlo.

Ella tomó su mano y volteó su palma hacia ella, presionando un beso en ella. Ella podía recordar su vida antes de que él se volviera una parte esencial de ella. Ella no quería ir de vuelta ahí.

—¿Qué harías si te dijeras que te amaba? —dijo ella en voz baja, su voz apenas arriba de un susurro.

Se sentía como la cosa más valiente que ella había dicho, pero ella necesitaba saber. Ella estaba obsesionada con este hombre, y ella estaba razonablemente segura de que el sentimiento era mutuo, pero era tanto lo que quería, tan perfecto, que no podía creer en ello.

—Diría aleluya, porque soy un loco mono loco por ti, Violet Sutcliffe.

—Te amo.

Sus ojos brillaron. —Ven aquí.

Ella no necesitaba una mayor estimulación, luchando a través de la consola central hacia él. Ella recostó su cuerpo contra el de él, pecho contra pecho, cadera contra cadera. Las manos de él se levantaron para enmarcar su rostro, sus pulgares rozando sus pómulos.

—Te amo también. Estoy obsesionado contigo, y te admiro y te adoro. Te amo, Violet.

Nunca nadie había declarado su amor tan inequívocamente, tan sinceramente, tan convincentemente. Por un momento su pecho pareció expandirse, al pensamiento de que su corazón era demasiado grande para su cuerpo. Este hombre, este asombroso, determinado, inteligente, capaz, leal, amoroso, sexy hombre, la amaba.

—Esto se siente demasiado bien para ser verdad —susurró ella.

—Es verdad, y lo digo enserio. No iré a ningún lado. No a menos que tú vengas conmigo.

Ella cerró sus ojos, presionando su mejilla contra su toque, abrumado por la alegría creciente en su interior. Se sentaron así por un largo rato, comunicándose silenciosamente el uno con el otro, permitiendo que la verdad se hundiera en sus huesos. Entonces un auto se puso en marcha y ella abrió su ojos, tomando la decisión que estado retrasando durante mucho tiempo.

—Necesito hablar con Elizabeth. Tan pronto como sea posible.

—Está bien.

—Necesito estar en la misma habitación que ella, para ver su cara. No quiero que diga sólo lo cortés, y cosas razonables para suavizar las cosas cuando realmente me quiere gritar. Quiero que me grite si tiene que hacerlo.

—No hemos hecho nada malo, Violet. Elizabeth no tiene ningún derecho sobre mí.

Violet asintió, pero ambos sabías que no era tan fácil como eso. Martin había estado con Elizabeth por seis años.

—Todo estará bien, Violet.

Era la segunda vez que él le decía esas palabras a ella, y todavía tenían demasiado poder. Pero incluso su amor y confianza no podían detener el dardo de temor que corría a través de ella mientras contemplaba la posibilidad muy real de perder a su mejor amiga.
Capítulo 11
Primera Parte

Traducido por LizC


Consiguió su boleto esa noche, sentada en la cama junto a Martin, con su computadora portátil en las rodillas mientras pulsaba el botón para confirmar su compra. Estaba hecho. Tres días a partir de ahora ella sabría si había ganado al hombre de sus sueños a costa de su más cercana y querida amiga.

Llamó a Elizabeth a la mañana siguiente para anunciar su visita. E sonaba encantada, sorprendida y emocionada por la perspectiva de verla. Violet se sentía como un fraude, como si estuviera engañando a su amiga una vez más.

Empacó esa noche, dejando su pequeña maleta junto a la puerta. Quería terminar con esto ahora, y se lamentó no simplemente saltar en el primer vuelo. Aunque, simplemente no habría sido práctico. Tenía que organizar quien la cubriera en la tienda —una estudiante, Andie, que a veces ayudaba a cabo durante los períodos ocupados— así como la entrega de un cargamento importante.

No fue sino hasta el día siguiente que se acordó de que tenía que añadir sus datos del pasaporte a su reserva. Estaba en la tienda en ese momento, y dio la vuelta al cartel de cerrado y corrió escaleras arriba para encontrar su pasaporte. Tardíamente se le ocurrió que había pasado mucho tiempo desde que lo había utilizado… sería muy frustrante si hubiera expirado.

Encontró su pasaporte en el cajón de su ropa interior, dejando caer los hombros con alivio cuando lo abrió y vio que estaba bien por otros doce meses. Uff.

Cerró el apartamento y comenzó a bajar las escaleras, sus pensamientos corriendo por delante de ella en el vuelo de mañana y lo que pasaría cuando aterrizara en Australia. Elizabeth había insistido en recogerla del aeropuerto.

Le iba a tomar todo un acto enorme de auto-control para no simplemente dejar escapar la noticia en el momento que viera el rostro de Elizabeth.

No estaba segura de qué pasó después: si no vio el escalón , resbaló o algo completamente distinto, pero lo siguiente que supo era que estaba rodando por el resto de la media docena de escalones, agitando los brazos mientras trataba y fallaba de agarrar la barandilla para amortiguar la caída.

Aterrizó dolorosamente, torciéndose el tobillo debajo de ella, su rodilla estrellándose contra el borde de un escalón.

Por un momento el dolor fue tan intenso que no podía respirar. Luego estaba jadeando, con las lágrimas brotando de sus ojos cuando empezó a temblar en reacción. Moviéndose lentamente, usó la barandilla para arrastrarse semi-agachada, equilibrando sobre la pierna no lesionada. Trató de mover el tobillo y lanzó un grito de dolor.

Le tomó un momento para recuperarse del esfuerzo. Las lágrimas rodaban por su cara, se sentó en un escalón y sacó su celular del bolsillo de su falda.

—Hola. Justo estaba pensando en ti —dijo Martin con gusto.

—He tenido un accidente. ¿Puedes venir? Te necesito.

—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Debo llamar a una ambulancia?

Más tarde, cuando el mundo no estaba tan lleno de dolor, se tomaría el tiempo para apreciar la urgente preocupación en su voz.

—Me caí por las escaleras. Me he golpeado la rodilla y me torcí el tobillo.

—Violet.

Había tanto significado en esa única palabra.

—Estoy bien.

—Más te vale que lo estés. —Ella sonrió ante su fiereza—. Estoy en diez minutos. No te muevas.

Llegó en ocho, golpeando en la puerta de la calle al segundo que llegó. Ella se deslizó por el último par de escalones en su parte trasera y extendió la mano para dejarlo entrar. Él palideció cuando la vio. Agachándose a su lado, le tocó el rostro.

—Jesús, Violet.

—Estoy bien —le aseguró una vez más.

Le levantó la falda y examinó primero la rodilla y luego el tobillo. No tocó nada, por lo cual estuvo muy agradecida.

Su expresión era sombría cuando su mirada encontró la de ella otra vez.

—Te das cuenta de que está roto, ¿no?

—Tuve una idea.

—Tenemos que llevarte al hospital.

La cargó hasta el auto, colocándola cuidadosamente en el asiento trasero y enrollando su abrigo para soportar su tobillo.

—Quince minutos, máximo, y estaremos allí —dijo mientras encendía el motor.

Se quedó con la cabeza inclinada hacia atrás, los puños cerrados sobre el regazo mientras trataba de respirar a través del dolor. La cargó hasta la sala de emergencia y la enfermera le echó un vistazo y le hizo pasar a través de un cubículo. Los rayos X revelaron que se había, de hecho, roto el tobillo. Su rodilla estaba simplemente golpeada.

Le dieron analgésicos y hielo para la rodilla, luego vino una enfermera para estabilizar el tobillo con un yeso. Violet observó a la mujer trabajar, tratando de contener la emoción creciente en su interior. Martin le apartó el cabello de la cara y apretó su agarre en su mano.

Levantó la mirada hacia él, una sola lágrima deslizándose por su mejilla.

—Voy a tener que cancelar mi vuelo, ¿verdad?

No se molestó en responder. Los dos sabían que no estaría en condiciones de caminar, y mucho menos volar durante algún tiempo. Por suerte, ella ya tenía a Andie apuntada para cubrirla en la tienda mientras ella estaba fuera, así que no tiene que preocuparse de la tienda por la próxima semana, por lo menos.

La enviaron a casa con un yeso de fibra de vidrio azul y muletas. Martin se la llevó a su lugar y la dejó en la cama. Esa noche, él recogió una maleta de cosas de su apartamento e hizo espacio en su armario para su ropa.

—La gente va a pensar que lo hice a propósito, de modo que estarías obligado a atenderme —dijo ella mientras lo observaba cuidadosamente colgar sus vestidos y abrigos. Había algo increíblemente atractivo en la forma en que se aseguraba de que estuviera colgando justo antes de ponerlos en el carril.

—La gente va a pensar que te empujé por las escaleras, de modo que no tendrías más remedio que vivir conmigo.

Ella llamó a Elizabeth tarde esa noche para decirle las malas noticias. E estuvo muy preocupada y se disculpó por no haber estado allí para consolar y compadecer a Violet en persona.

Envió una cesta enorme de flores y bombones a la tienda al día siguiente y Andie los dejó en casa de Martin en su camino a su lugar. Violet estaba mirándolas con aire taciturno cuando Martin llegó del trabajo esa noche. Su mirada pasó de ella a las flores y de regreso.

—¿Elizabeth?

—Es tan buena amiga. No la merezco.

Martin se sentó a un lado de la cama. —Eres una gran amiga de Elizabeth. Incluso cuando estaba en mi más ridículo momento en lo que se refiere, entendí eso.

—Una verdadera gran amiga ni siquiera habría olfateado en tu dirección.

—¿Y a dónde me habría guiado eso? ¿A andar como sonámbulo a lo largo de mi vida?

A pesar de su sentimiento de culpa y miseria, se sintió cálida por sus palabras y la forma en que la miraba. Todavía se sentía como un pequeño milagro para ella que él la amara de la misma manera que ella lo amaba a él. Entonces vio las flores de Elizabeth por encima del hombro y se desvaneció su sonrisa.

—Llámala, Violet. Si está pesándote tan fuertemente, llámala. Sé que no es lo que quieres, pero tal vez es lo que tienes que hacer para aceptarlo —dijo Martin.

Ella lo miró, mordiéndose el labio. Él probablemente tenía razón, pero odiaba la idea de tener una conversación tan importante por teléfono.

—No puedes dejar esto de lado para siempre, lo sabes, ¿verdad?

Agachó la cabeza, odiando que pudiera ver a través de sus excusas a su corazón cobarde. Su mano encontró su mejilla, su mano ahuecando su mandíbula.

—Ella te ama, Violet. Quiere que seas feliz.

—Fuiste suyo durante seis años, Martin. Iba a casarse contigo. No es que si hubiera tomado prestado un par de sus zapatos sin permiso. Tomé prestada su vida.

—Era mi vida, también. ¿No tengo nada que decir en todo esto? ¿Una parte de la culpa? Yo soy el que vine hasta ti en primer lugar. Soy el que te besó y empujó sobre el sofá.

Ella sonrió débilmente a su caballería. —Yo te besé, idiota, y te arrastré hasta el sofá.

Argumentaron el asunto por unos minutos, lo que condujo inevitablemente a una recreación de los acontecimientos originales… creativamente coreografiado para no lastimarla aun más.

Después, mientras Martin yacía dormido a su lado, trató de psicoanalizarse a sí misma para llamar a Elizabeth.

Ella sabía que su postergación rayaba en lo patológico a este punto y que cada día que pasaba sólo empeoraba las cosas. Realmente necesitaba tajar el asunto.

Echó un vistazo a su teléfono en la mesilla de noche, pero no lo levantó.

Nunca se había considerado a sí misma una persona débil.

Se había alejado de su familia cuando tenía diecinueve años, encarando al mundo sólo con el endeble fondo en su cuenta bancaria escolar para mantener al lobo de la puerta. Se había construido un negocio de la nada, creó una vida por sí misma. Sin embargo, por alguna razón no podía enfrentar a esta situación de frente.

—Date un respiro, Violet.

Volvió la cabeza en la almohada. —Pensé que estabas durmiendo.

—Y pensé que había conseguido distraerte.

—¿Es eso lo que fue aquello?

—Entre otras cosas.

Ella sonrió, pero su corazón no estaba en ello. —No me gusta sentirme de esta manera.

—¿Culpable?

—Sí. Y débil.

—No eres débil.

—Entonces, ¿por qué es tan difícil para mí?

—Debido a que Elizabeth es tu familia sustituta.

Lo dijo como si fuera perfectamente obvio, más claro que la nariz en su cara.

Ella se incorporó sobre un codo, paralizada.

—¿Qué quieres decir?

—¿No puedes verlo? —preguntó, sus ojos grises suaves—. Ya habías perdido a una familia, y Elizabeth llenó el vacío. Ella se convirtió en tu hermana, tu madre y padre, todo en uno. Tú hiciste lo mismo por ella, en mi opinión. La ayudaste a sobrevivir a sus abuelos. Ustedes se salvaron entre sí. Y ahora tienes miedo de que la historia va a repetirse y que una vez que la verdad de lo que ha pasado entre nosotros le sea revelado, Elizabeth te rechazará de la misma manera que lo hizo tu padre.

Era tan simple, tan obvio. Violet yació conteniendo las lágrimas, ridículamente ahogada durante el conciso Martin asumir su situación.

Había estado tan segura de que había lidiado con todas esas cosas con su padre y su madrastra, que lo tenía bajo control y sin embargo allí estaba, levantando su fea cabeza otra vez.

—¿Algo de esto alguna vez desaparece? —preguntó ella después de una larga pausa.

—En mi experiencia, no. Pero tienes que saber dónde están enterrados los cuerpos, y aprender cómo evitarlos y cómo lidiar con ellos cuando no puedes evitarlos.

Violet observó su rostro en la penumbra, y luego se acercó a pasar un dedo a lo largo de la línea de su mandíbula erizada.

—¿Cómo te volviste tan inteligente?

—De la manera más difícil. De la misma manera que te hiciste tan fuerte. Y tú eres fuerte, Violet. Vas a sobrevivir a esto, pase lo que pase.

Ella lo amaba por no adornar las cosas, por no tratar de predecir la respuesta de Elizabeth.

—¿Crees que debería llamarla?

—Creo que deberías dejar de cargar toda esta culpa alrededor y aceptar que se te permite ser feliz. Y si hablar con Elizabeth va a lograr eso, entonces sí, llámala.

Las palabras apenas habían salido de su boca cuando sonó el teléfono. Martin se lo pasó. Ella echó un vistazo al identificador de llamada y respiró hondo.

—Es E.

Era como si el destino se estuviera sumando a las palabras alentadoras de Martin. Diciéndole que ahora era el momento para desahogarse.

Martin levantó una ceja en una pregunta silenciosa.

—Está bien —dijo ella, asintiendo—. Está bien.

Había llegado el momento. Pasar más allá. Tenía que enfrentarse a las consecuencias y seguir adelante. Incluso si eso le iba a doler como el infierno. Ella y Martin no podían avanzar hasta que lidiara con esto. Él había sido muy cuidadoso de no mencionar sus propios sentimientos en cualquiera de sus discusiones hasta ahora, pero ella sabía que a él le irritaba que su relación no fuera todavía pública.

Ella tomó la llamada. —Hola, E. —Su voz salió extraña, tensa y un poco alta.

—Violet. Gracias a Dios que estás ahí. Quería que fueras la primero en saberlo… Nathan me pidió que me casara con él, ¡y dije que sí!

Por un segundo Violet se quedó sin habla. Ella parpadeó rápidamente, tratando de empujar su cerebro aturdido en acción.

Elizabeth había volado a Australia hace cuatro meses. ¿Y ahora ella se va a casar?

Todo fue demasiado rápido, demasiado loco, incluso para una mujer que acababa de darle vuelta a su vida.

—¿Violet? ¿Todavía estás ahí?

Violet recogió sus pensamientos dispersos entre sí y se obligó a decir lo esperado, a pesar de que su cabeza estaba llena de dudas.

—Lo estoy. Estoy impresionada. Es una noticia increíble. —Miró a Martin a medida que se daba cuenta de golpe que esta noticia podría ser más que un poco chocante para él, también.

No importa lo que dijo, no importa que él este con ella ahora y sabia en su intestino que él era feliz, la noticia de que Elizabeth se casaba con alguien tan pronto después de romper con él, tendrían que arder. No seria humano sino.
Estiro el brazo y tomó su mano, consiente que sus siguientes palabras bien y realmente le regalarían el juego por lo que el asunto de conversación con Elizabeth era.
”¿Has fijado una fecha?”
Observo cómo la compresión ilumino la cara de Martin. Bajando la mirada a las sabana, eficazmente cerrándose en sus pensamiento. Le apretó la mano.
”Prepárate, estamos planeándolo para junio”, dijo Elizabeth. ”Sé que suena absolutamente loco, pero mis abuelos han decidido que quieren venir aquí. Quieren conocer a Nathan y ver donde voy a vivir. Han reservado el pasaje para junio y decidimos que seria la oportunidad perfecta para matar varios pájaros de un solo tiro”.
”Correcto.”
”No será grande o lujoso, solo nuestros amigos mas cercanos y familia. Se que estas encerrada por tu tobillo en este momento, pero estará todo bien dentro de ocho semanas, ¿no es así?” El tono de Elizabeth era persuasivo.
Martin seguía mirando las sabanas.
”Estoy segura que estará bien. Y si no es así, iré de todos modos”.
¿Qué otra cosa podía decir, después de todo? A pesar de haber decidido hace cinco minutos que confesaría todo, no importa que, no había manera de ser el aguafiestas que arruino la emoción y felicidad de su mejor amiga.
Y Elizabeth era feliz. La Irradiaba en cada palabra que decía. En cualquier otra circunstancia, Violet estaría loca de alegría por su amiga, pero con Martin sentado pensativamente a su lado y la culpa siempre presente haciendo su estomago pesado, su propia reacción era mucha mas comprometido y complicada.
”Se feliz por mi, Vi,” dijo Elizabeth en voz baja, obviamente, recogiendo algunas de las confusiones de Violet, a pesar de la distancia entre ella. ”Nathan me hace feliz. Esto es lo mejor que me ha pasado.”
”Estoy muy contenta por ti, E. No tienes idea de cuanto. Sólo estoy tratando de organizar mi cabeza alrededor de todo, eso es todo.”
”Sé que es rápido. Pero tiene razón. Lo sé en mis huesos. ¿Alguna vez has tenido esa sensación, Vi? La absoluta certeza instintiva?”
La mira de Violet bajo a donde su mano todavía estaba agarrada a Martin.
”Si. He tenido esa sensación”.
”Te quiero mucho, lo sabes, ¿verdad? No puedo esperar a verte para que conozcas a Nathan y mostrarte alrededor de Melbourne. Te va a encantar aquí.”
”Envíame un Email con las fechas y reservare mi boleto esta noche”.
”Genial. Escucha. Tengo que seguir moviéndome, tengo que hacer un par de llamadas más.”
”Toma un vaso de Champán en mi nombre, ¿de acuerdo?”
”Lo haré”.
La comunicación se cortó y violet dejo su teléfono en la mesita de noche.
”¿Estás bien?, preguntó.
Martin levantó la mirada hacia ella. ”Estoy bien.”
”Aun así, debe haber sido una sorpresa para ti.”
”¿Quieres la verdad? La única vez que he pensado en Elizabeth, en los últimos meses es en relación a ti.”
”Oh. Bien…bueno.”
Estuvo bien. Pero por alguna razón todavía se sentía incómodo. Como si él no estuviera diciendo la verdad.
Se levanto de la cama, tratando de alcanzar sus bóxers. Vio como se los puso. ¿Era solo ella, o estaban sus hombros rígidos? ¿Como se estaba manteniéndose bajo control de alguna manera?
”¿Seguro estas bien? Porque no me importa si tienes que hablar de eso…”
”Violet. No estoy molesto por Elizabeth.”
Tiro de las sabanas un poco más alto, metiéndola de bajo de sus axilas. ”Pero estas molesto por algo, ¿no?”
Él era un abogado, siempre muy claro con las palabras, y no había otra explicación para la forma en que había formulado su respuesta.
”No estoy molesto, en si. Frustrado es una palabra mejor.” No era más que un indicio de desafío en su postura como él la enfrentó. ”¿Cuando vas a decirle, Violet?”
Parpadeo a él. ”¿Crees que debería haberle dicho hoy? ¿A pesar de que ha terminado la luna de ser prometidos?”
Porque simplemente no se le había ocurrido confesar una vez que había oído la noticia de Elizabeth, y ella estaba segura que Martin estaría en la misma pagina. Después de todo, este fue un gran día para E. Un gran día.
”Si, lo creo. Creo que hemos aplazado por los sentimientos de Elizabeth más que suficiente. ¿No crees?”
Estaba enojado con ella. Decepcionado. Podía oírlo en su voz. Su estomago cayo con consternación.
”Yo no quiero arruinar nada para ella.”
”Entonces, ¿Qué? Continuaremos escondiéndonos alrededor de la cuidad, preocupándonos de ser encontrados por alguien que nos conoce? Y tu sigues manejando volviéndote loca, segundo adivinaras cómo Elizabeth va a reaccionar, por lo que te enferma por eso?
Lo miro fijamente. Nunca lo había levantado otra vez, pero esa noche fuera del restaurante tailandés había dejado obviamente un mal sabor de boca. No le había gustado mentir sobre estar con él, pero había sido un mal necesario. Elizabeth tenía que oír de ellos por Violet, no a través de alguien más. Pensaba que él lo entendía.
”¿Sabes lo mucho que significa para mi.” Ellos habían acabado de tener una conversación entera sobre ello. ¿Cómo pudo pasar de ser tan comprensivo y empático hace diez minutos a esto?
”Lo hago. Yo se que la quieres. Pero te amo, Violet, y yo no quiero sentir que nuestro futuro esta en espera mientras esperamos a que sea el momento perfecto para Elizabeth pueda oír de nosotros.”
”Entonces, ¿Qué, la llamo de vuelta ahora mismo y sólo descargo esto en ella? Mientras que ella esta debiendo Champán con su nuevo novio?,” su vos era alta y temblorosa por la emoción.
”Por supuesto. ¿Por qué no? ¿Crees que alguna vez va a ser el momento perfecto, Violet? Porque yo puedo decir ahora mismo, no lo será. La próxima vez va a estar embarazada, o comenzando un nuevo trabajo, o su abuela estará mal, o algo va a pasar con Nate. Si sigues buscando, siempre habrá una excusa para no decírselo.”
”No voy a arruinar la boda de mi mejor amiga. No con una llamada telefónica desde el otro lado del planeta de mierda.”
”Si. Lo tengo. Mensaje recibido y bien y verdaderamente comprendido, gracias.”
Se puso una camisa y salió de la habitación.
Violet se quedo mirando fijamente él lugar donde había estado de pie. La bilis quemaba en su garganta. Se llevo las palmas de las manos contra su pecho.
Había estado esperando que la burbuja estallara, ¿no lo había hecho? Sabía lo que venia a continuación. El enojo, la culpa. Todas las formas en que se había equivocado. Todas las formas en que lo había decepcionado.
Había estado aquí antes.
El corazón le latía, golpeando dentro de su pecho. El pánico amenazaba con hundirla. Tomo una respiración entrecortada. Tenia que protegerse a si misma. Tenía que mantener la calma y mantener la cabeza clara.
Y necesitaba conseguir vestirse.
Ahora mismo.
Lanzo la colcha, buscando sus muletas.

Martin juro para si mismo mientras caminaba hacia la cocina. Sangriento de Elizabeth. ¿Por qué la mujer no podía haber aplazado el gran anuncio durante treinta minutos más… Violet había estado a punto de llamar y purgar su culpabilidad una vez por todas, y ahora estaba de regreso al punto de partida. O tal vez estaba engañándose a si mismo en ese aspecto. Después de todo ella había logrado encontrar cuatro meses de excusas hasta ahora. Tal vez habría encontrado otra excusa aunque si Elizabeth no hubiera anunciado su compromiso.
Agarró la sartén y lo golpeo sobre la estufa, luego asalto en la despensa para las cebollas y el ajo. Estaba cortando la parte superior de la segunda cebolla cuando Violet apareció en el umbral. Se había vestido y se recogió el pelo en una cola de caballo apretada. Porque todavía estaba enojado con ella, no dijo nada de inmediato, simplemente se mantuvo lejos picando la cebolla.
”El taxi llegara en diez minutos. Te necesito para recuperar mi maleta del estante superior del closet para que pueda empacar.”
Su vos era tan tranquila que por un momento pensó que le había oído mal.
Acostó el cuchillo en la mesa. ”¿Qué?”
”Te necesito para tener mi maleta en el suelo, así puedo empacar”
La miro fijamente. Ella quería empacar sus cosas? Debido a que habían tenido una pelea? Porque la había empujado a decirle a Elizabeth, no importa las circunstancias?
Por un momento se balanceaba, completamente fuera de balance. Luego registro que estaba temblando y pálido, con todo el cuerpo vibrando por la intensidad de sus emociones y lo golpeo un destello cegador y doloroso en la visión.
Si se tratara de cualquier otra mujer, había interpretado él anuncio de Violet como una táctica para conseguir su propio camino. Una táctica extrema e infantil, pero una táctica, no obstante. Estar de acuerdo conmigo o avanzo.
Pero está era Violet, que había sido tratada de niña como una sinvergüenza desvergonzada cuando había sido explotada y finalmente expulsada de su casa por ser demasiado perturbadora.
En la experiencia de Violet, peleas con sus seres queridos no eran avenidas para comprometer eran pistas rápidas de alejamiento.
Querían decir recriminaciones y juicios y, en ultima instancia, ser enviada al mundo por su cuenta.
O, en este caso, de nuevo a su apartamento, cojeando sobre muletas.
Frente a lo que ella creía que era inminente rechazo, Violet había optado por hacer un ataque preventivo.
Si su corazón no estaba rompiendo por ella, casi se podía encontrar a si mismo para aplaudir su desfachatez.
” Violet…” Se acerco sin vacilación, envolviendo sus brazos alrededor de ella, atrayéndola contra su cuerpo, con muletas y todo. ”Yo no quiero que te vayas a cualquier lugar, ¿de acuerdo? El hecho de que no estamos de acuerdo en algo no significa que no te amo. Yo siempre te amaré, no importa lo que pase.”
Estaba muy quieta e indiferente en sus brazos, pero él sabía en sus entrañas y corazón que estaba en el camino correcto. Lo sabia, porque la conocía.
Le dio un beso en la frente. ”Amor… ¿Crees que voy a dejarte ir ahora que te tengo en mis garras? ¿Crees que quiero volver a la vida en blanco y negro ahora que se como el Tecnicolor luce?”
Ella se estremeció, luego hundió la cara en su cuello y le hecho los brazos al cuello.
Su agarre era fuerte, casi doloroso en su intensidad.
”Lo siento, estar en tan mal estado. Lo siento, no sé cómo hacer esto. Por favor creo que te amo, Martin, por favor, creo que esta cosa con E no tiene que ver en lo mucho que significas para mí...”
Él la toma por la parte posterior de la cabeza y la abrazó mientras sollozaba, doliéndole el pecho.
Tendría que haber roto la nariz de Howard Sutcliffe esa noche en el club de Savage. Tendría que haber golpeado al otro hombre claro para mediados de la próxima semana por el daño que había hecho a una chica joven y vulnerable que había necesitado el amor y protección y confort en vez de haber recibido más que la condenación. Para su crédito eterno, Violet había aspirado encima del tratamiento que había sido dado y mantuvo la cabeza alta y sobrevivió, pero cual era el precio por aquella supervivencia y lo estaba pagando ahora.
Los dos estaban.
”Te creo, mi vida. Esta bien. Estamos bien, Violet.”
Ella se aparto de su abrazo para poder mirarlo a los ojos, su propia piscina de lágrimas. La incertidumbre en su rostro casi lo mata.
Ella no tenia ni idea de lo amable que era. ¡Cuan preciosa y valiente y especial.
Debe haber visto algo en sus ojos para tranquilizarla, sin embargo, porque algo de la tensión abandono su cuerpo. Arrastro una silla y se sentó, tirando de ella en su regazo.
”Yo no voy a ninguna parte, y tu tampoco”, dijo en voz baja.
La tensión restante se filtro fuera de su cuerpo. Apoyo la cabeza en su hombro, tan simple y confiada como un niño.
El cerro los ojos y respiro el aroma de su perfume y tomo una decisión. Dejaría que Violet encontrara su propio camino y tiempo para decirle a Elizabeth. Mientras tanto, él escucharía y tomaría su mano y ofrecería su consejo, pero no la presionaría. Ahora comprendía la profundidad de heridas que la recorrían. Lo difícil que era para ella confiar en que podía cometer sus propios errores y todavía merecer el amor.
Un día, ella lo sabría en sus huesos, ya que iba a ser su misión de vida para que así sea. Pero por ahora…
Esperaría, y confía en que Violet funcionara por si misma. 

Capítulo 12
Parte I


Traducido por Vero


Violet se despertó al día siguiente sintiéndose como si alguien se hubiera colado mientras dormía y la golpeara con un bate de cricket. Tenía los ojos adoloridos y arenosos, su cuerpo pesado. Mientras yacía en la cama, escuchando el sonido de Martin en la ducha, se le ocurrió que ella estaba sufriendo el equivalente emocional de una resaca.

Había chocado contra un muro con Martin anoche.

Se había preparado para el impacto, segura de que los meses más felices de su vida estaban a punto de colisionar... Pero habían sobrevivido.

Martin ya estaba llamándolo su primera pelea. Por un lado, la aterrorizaba pensar que nunca podría sentirse tan peligrosamente en desacuerdo con él, pero también había algo extrañamente reconfortante en la idea de que Martin no estaba intimidado por la perspectiva. Él esperaba que tengan un número de peleas de dos, tres, cuatro y sobrevivan y muchas más.

Iba a tomar algún tiempo que ella consiguiera hacer entrar en su cabeza el concepto, pero estaba dispuesta a trabajar en ello. Es curioso, cuando consideraba la frecuencia con la que ella y Martin habían estado enfrentados en el pasado. Pero incluso cuando tenía el poder de hacerle daño en aquel entonces, ahora tenía su corazón y su felicidad en la palma de su mano.

La ducha se quedó en silencio. Se apartó el pelo de la cara y se sentó, ajustando las mantas sobre su yeso. Treinta segundos más tarde, Martin salió del baño bajo una toalla colgada en sus caderas. Como siempre las gotas de agua aún se aferraban a sus hombros. Lo había reprendido varias veces por su técnica de secado descuidada, pero él afirmaba que prefería el "secado al aire".

Él sonrió cuando vio que estaba despierta.

—Hola.

—Hola.

—Dame cinco minutos y te traeré el desayuno.

—Martin, antes de que te vayas... Quiero hablar de Elizabeth.

Dudó un momento y luego fue a sentarse al lado de la cama. Adelante.

Sacó el borde de la sábana. —Sé que he hecho un desastre de todo esto. Debería haber hablado directamente con Elizabeth desde el principio. Debería haberlo hecho, pero no lo hice, porque soy una enorme gallina.

Él extendió la mano y entrelazó sus dedos con los suyos. —No eres una gallina.

—Lo soy. Un cobarde, cobarde flan. Pero quiero hacerte una promesa. Iré a Australia para la boda. Haré cualquier cosa que Elizabeth necesite para hacer su día hermoso y perfecto, porque se lo merece. Pero entonces se lo diré. Cara a cara. Sé que preferirías que sea más pronto...

—Está bien, Violet. Es tu decisión. Cualquiera con la que estés cómoda.

—Tú también tienes que estar cómodo con esto.

—Estoy cómodo si tú lo estás.

Entrecerró los ojos. —Esto es porque me convertí en una completa psicópata anoche, ¿verdad? Has decidido que no soy capaz de ser claramente racional sobre este tema y estás optando por salirte.

—No estoy optando por salirme de ninguna cosa. Como he dicho, es tu decisión. Pero si quieres mi opinión, después de la boda es un momento tan bueno como cualquier otro.

—Pero preferirías antes de la boda.

Sonrió ligeramente y se inclinó para besarla. —Repite después de mí: es tu decisión.

Se puso de pie y desapareció de nuevo en el cuarto de baño. Ella se mordió el labio, pensando en sus palabras, decidió simplemente llevarlo a su valor nominal. Había dicho que se sentía cómodo si ella estaba cómoda. Eligió creerle. Después de todo, él no le había mentido todavía. Así que. En ocho semanas, más o menos, todo habría terminado. Elizabeth sabría. Finalmente.

Un enfermizo tirón de adrenalina apretó su vientre. Esta vez, no habría vuelta atrás. Ninguna excusa. Sin acobardarse. Le había hecho una promesa a Martin, y la mantendría. Sin importar lo que pase. No importa lo que apareciera más temprano que tarde. Tenía programado quitarse su yeso a principios de mayo, pero una radiografía demostró que el hueso no había reparado en sí ni de lejos tanto como a su médico le hubiera gustado.

Fue sentenciada a dos semanas más con el yeso. Dos semanas se convirtieron en tres antes de que fuera capaz de negociar su escayola por el aumento de la movilidad de una bota médica. O lo que ella esperaba sería una mayor movilidad, al menos. Sus expectativas bajaron brutalmente después de que pasó la primera media hora cojeando. Sus huesos todavía-en-curación dolían, mientras se vinculaban estrechamente y ella estaba sudorosa, temblorosa y más que un poco llorosa por el tiempo que estuvo detrás del mostrador de su tienda.

—Esto es un desastre —le dijo a Martin cuando llamó para ver cómo su cita se había ido—. ¿Cómo voy a subir al avión? No voy a ser capaz de ir al baño. Voy a tener que usar un maldito pañal de astronauta o algo para sobrevivir el viaje.

—Lo solucionaremos —dijo con calma.

En ese momento fue suficiente para calmarla, pero no fue hasta que estuvo dos días fuera de su fecha de salida que se enteró de lo que la versión de Martin de "lo solucionaremos" implicaba.

—No puedo pedirte que hagas esto, Martin —dijo mientras miraba el billete de avión que acababa de deslizarse sobre la mesa entre ellos. Un billete para que él la acompañara a Australia, interpretando el papel de su propio personal de enfermería / asistente / valet.

—No me lo pediste, me estoy ofreciendo. —Estaba fresca en casa del trabajo y usando uno de los tres trajes de una pieza que una vez había encontrado cargado y aburrido. Ahora pensaba que eran los más sexy, más provocativos artículos de ropa en la historia del mundo—. Te voy a subir al avión y te haré cruzar la aduana, entonces desapareceré. Me quedaré en un hotel agradable, disfrutaré de algunas galerías, echaré un vistazo a algunos canguros y koalas, y cuando la boda haya terminado Te veré en algún lugar y tendremos nuestra fiesta privada. —Las lágrimas llenaron sus ojos mientras procesaba la extraordinaria y desinteresada generosidad detrás de su oferta.

—Te amo por ofrecerte, pero no puedo dejar que lo hagas. Es demasiado.

—No lo es, Violet. Es mínimo en lo que a mí respecta. Quiero que seas feliz. Necesito que estés a salvo.

Ella no podía hablar porque las estúpidas lágrimas que habían estado presionando en la parte posterior de sus ojos se deslizaban por su rostro.

—Esas son lágrimas de felicidad, ¿no?—preguntó mientras la tomaba en sus brazos—. ¿Lágrimas de estoy- contenta-de-que-volaremos-juntos-a-Australia? —Ella presionó su rostro contra su hombro y finalmente encontró el coraje para expresar la certeza en su corazón.

—No te merezco. —Sus brazos se apretaron alrededor de ella, una banda feroz, indomable de músculos y tendones. —Si lo haces, Violet. Y te merezco. Los dos hemos ganado con creces nuestra oportunidad de ser felices. No voy a sentirme culpable por agarrarla con las dos manos, y no voy a dejar que te sientas culpable, tampoco. —No se molestó en tratar de disuadirlo de su gesto galante después de eso. La realidad era que ella necesitaba desesperadamente su ayuda, algo que se hizo más que evidente incluso antes de que hubiera salido para el aeropuerto. A pesar de sacrificar su guardarropa por debajo de lo esencial, era casi imposible para ella cojear con su bota y transportar su maleta de muy modesto tamaño detrás de ella.

—Relájate —dijo Martin mientras tomaba el mango de la maleta de sus manos—. Por eso es por lo que estoy aquí. Piensa en mí como tu propio Tenzing Norgay1 personal. —Pensaba en él como su salvador personal desde el momento en que había soportado casi veinte horas en el aire para aterrizar en el aeropuerto de Melbourne. Había discutido con azafatas en su nombre, la acompañó al baño, dejó descansar la cabeza sobre su hombro mientras dormía, compartió su iPad con ella cuando se aburría, y en general la trataba como si fuera la persona más preciosa, y más importante en el mundo para él. No había pensado que era posible amarlo más, pero al estar en el extremo receptor de su tierna, atenta, protectora y considerada oferta le hizo preguntarse cómo alguna vez había sobrevivido sin él en su vida.

Al mismo tiempo, mientras más cerca llegaba de Australia, más nerviosa y ansiosa se sentía. Se dijo una y otra vez que no había nada de qué preocuparse—había tomado ya la decisión de no arrojarse a merced de Elizabeth hasta después de la boda, pero el estómago revuelto no se detuvo y su corazón de acelerarse mientras ella y Martin se hacían su lento, y laborioso camino a lo largo del vestíbulo después de desembarcar del avión.

—¿Quieres sentarte por unos minutos—preguntó Martin en voz baja una vez que habían pasado la aduana.

Ella negó con la cabeza. Todavía tenía que recoger su equipaje y era muy consciente de que Elizabeth estaría esperando en el otro lado de puerta de llegada.

—Sólo quiero superar esto y que se acabe. Y una vez que la vea todo va a estar bien. —Sonaba más confiada de lo que se sentía. No estaba segura de una cosa así. De hecho, una parte de ella estaba aterrorizada de que el momento en que Elizabeth la mirara fuera capaz de percibir su secreta culpa

—Te he traído algo para la suerte —dijo Martin—. Me han funcionado con un lujo absoluto desde que los he tenido. —frunció el ceño mientras sacaba algo pequeño y negro del bolsillo de su abrigo antes de inclinarse y deslizarlo a través del de ella.

—¿Qué es esto?

Él simplemente arqueó una ceja misteriosamente.

Ella introdujo la mano en su bolsillo y se encontró con el fresco deslizamiento de la seda. Le llevó un segundo comprender que estaba sintiendo su propia ropa interior, el conjunto que le había regalado en la cena de Bronwyn y Perry hace todos esos meses.
Una carcajada brotó en su interior.

Los ojos de Martin le sonrieron, su boca arqueándose hacia arriba en la esquina. Parecía satisfecho de sí mismo y un poco arrugado y muy, muy querido para ella.

—Llevabas esto a través de la Línea Horaria internacional sólo por este momento, ¿verdad?

—Pensé que podría necesitar un arma secreta.

Ella deslizó su dedo en el cinturón de sus pantalones y lo arrastró más cerca. —Tú eres mi arma secreta.

Alguien los empujó desde atrás y miró por encima del hombro, dándose cuenta de que estaban bloqueando parcialmente la vereda.

—Adelante. Hagamos esto —dijo Martin firmemente.

Se dejó barrer a lo largo del carrusel de equipaje, luego lo dejó dirigirla a través de la comprobación de cuarentena final. Sólo cuando estuvieron a la vista de las puertas de cristal opaco que llevaban a la zona de espera —y Elizabeth—llegaron a una parada.

—Llámame cuando puedas, ¿de acuerdo? Programé la información de mi hotel en tu teléfono. Estoy a pocos minutos en taxi si me necesitas. En cualquier momento, de día o de noche. ¿Entiendes?

—Si.

Metió un mechón de pelo detrás de su oreja, con la cara muy seria. —No importa lo que pase, vamos a estar bien, Violet. Pase lo que pase. —Envolvió sus dedos fríos y húmedos en torno a la empuñadura de su maleta con ruedas y dio un paso atrás—. En cualquier momento del día o de la noche —repitió.

Se hizo a un lado para permitir que otros pasajeros pasaran. Lo miró, luego miró hacia las puertas de cristal. Dio un paso, luego otro. Pero se sentía mal dejarlo atrás como un secreto sucio que tenía que ocultar. Se sentía mal a un nivel visceral, primario, innegable. Ella lo amaba. Él era su futuro, su corazón. Pudo haber mezclado, desordenado sus sentimientos respecto al hecho de que una vez había pertenecido a su amiga, pero no había duda en su corazón que él era el hombre con el que pasaría el resto de su vida con, la bendición de Dios. Simplemente no podía abandonarlo para poder mantener un subterfugio infantil que había ido demasiado, demasiado lejos. No podía poner la comodidad y felicidad de Elizabeth por delante de la de él. Sencillamente no podía. Moviéndose torpemente giró sobre el tacón de su bota. Él la miraba con el rostro solemne, y sus cejas se elevaron hacia el nacimiento del pelo con curiosidad mientras arrastraba los pies hacia él.

—¿Qué está mal? —preguntó, estirándose para sujetar su mano.

Cómo le gustaba que su primer pensamiento fuera para ella, por su felicidad y bienestar.

—Ven conmigo.

Sus manos se apretaron alrededor de las de ella. —Elizabeth estará esperándote.

—Lo sé. Ven conmigo.

—Violet…

No le dio oportunidad de convencerla de ello. —No quiero mentir sobre ti, sobre nosotros nunca más. Sé que es un horrible momento por lo de la boda, pero es exactamente como dijiste, siempre habrá algo. No quiero esconderte, Martin. Te amo. Y si lo que ha pasado entre nosotros es un problema para Elizabeth, entonces que así sea.
Se sentía como si un enorme peso se hubiera levantado de su pecho mientras decía las palabras. Como si hubiera dibujado su propia línea en la arena. Amaba a Martin. No no lo dejaría atrás, como si se avergonzara de él.

Él estudió su cara durante un instante, luego asintió. —Si eso es lo que quieres.

—Lo es.

—Entonces vamos.

Se tomó un momento para apilar equipaje por encima del de él, luego se dirigieron hacia la salida directamente, su brazo sosteniéndola todo el camino. Hubo una fracción de segundo cuando llegaron a las puertas cuando su estómago cayó tan dramáticamente que se sintió enferma. Entonces se abrieron paso y se enfrentaron a un mar caótico de rostros esperanzados, expectantes.

Recorrió la multitud, buscando el pelo rubio de Elizabeth. Había visto fotos de Nathan, pero no estaba segura de que la reconociera fácilmente. Su mirada se deslizó sobre caras desconocidas, la adrenalina haciendo acelerar pulso y poniendo sus palmas sudorosas.

—Por ahí —dijo Martin, su voz tranquila y profunda.

Siguió su línea de visión más allá de un grupo de gente que se agolpaba contra la barrera donde una pareja alta, morena estaban de pie lado a lado. Se encontró mirando a los ojos azules de Elizabeth mientras Elizabeth apretaba los dedos en su boca en un gesto inequívoco de shock.

Violet levantó la barbilla, preparándose para la condena mientras su vieja amiga procesaba lo que la presencia de Martin al lado de Violet debe significar.

El hombre que estaba junto a Elizabeth le dijo algo y ésta desvió la mirada hacia él. Violet registró por primera vez que había estado conteniendo el aliento y aspiró una gran bocanada de aire. La mano de Martin presionaba cálidamente contra su espalda.

—Ella te ama. Recuerda eso. —dijo. 

Violet apenas tuvo tiempo de asentir antes de que Elizabeth comenzara a abrirse camino a empujones a través de la multitud para alcanzarlos. Violet arrastró los pies hacia adelante, haciendo todo lo posible por pasar las barreras. Entonces Elizabeth estaba frente a ella, con sus ojos llenos de preguntas.

—Intenté decírtelo una docena de veces, pero estaba demasiado asustada —dijo Violet, la verdad escapando de ella—. Simplemente sucedió, no era mi intención, pero lo amo, E. Lo amo tanto…

Ella rompió en llanto, seis meses cargados de confusión y culpa encontrando su camino a través de sus conductos lacrimales. El brazo de Martin rodeó sus hombros incluso cuando Elizabeth se acercó y la tomó de la mano.

—Violet.

La preocupación y la calidez en la voz de su amiga de alguna forma atravesaron la emoción hinchándose en la garganta de Violet. Parpadeó, apartando las lágrimas con el dorso de su mano. Esta no era la forma en que quería hacer nada de esto. Quería ser serena y madura, y quería darle a Elizabeth todas las oportunidades para expresar sus sentimientos. En vez de eso, estaba aquí parada con una estúpida bota médica en su pierna y lágrimas de niña rodando por su rostro.

—¿Por qué no encontramos un lugar más privado, quitarnos un poco del medio? —sugirió una profunda voz.

Ella le dio un vistazo al futuro esposo de Elizabeth, captando su corto cabello oscuro y sus penetrantes ojos azul claro. Como Elizabeth, él estaba bronceado, incluso a pesar de que estaban en mitad del invierno australiano. Violet le lanzó una rápida mirada sin palabras a Martin y él asintió ligeramente para dejarle saber que estaba bien con el arreglo. Violet era muy consciente de Elizabeth registrando el pequeño intercambio y contuvo el impulso de apurarse a explicar de nuevo mientras se abrían camino a la cafetería en la esquina más alejada de la sala de llegadas.

Sin que nadie dijera nada, ella y Elizabeth gravitaron hacia la mesa en la esquina más alejada, mientras los hombres se retiraron al mostrador.

Ambas estuvieron en silencio por un momento después de que se deslizaron en sus asientos. Violet luchó contra el impulso de revolverse, presionando sus manos planas sobre la mesa.

—Lo lamento. Esta no es la forma en la que la quería decírtelo —dijo ella en voz baja, obligándose a encontrar los ojos de Elizabeth.

Lo que vio ahí fue predominantemente confusión.

—¿Cuánto tiempo...? —preguntó Elizabeth.

—Casi seis meses. Más o menos desde que regresó de verte en Australia. Sentí lástima por él y le llevé una botella de licor. Una especie de ofrenda de paz para que él ahogara sus penas. Se negó a aceptarla, pero se la dejé de todas formas. Luego él se emborrachó y llamó a mi puerta, queriendo saber por qué le había comprado una botella de licor y… las cosas se pusieron un poco locas.

Elizabeth frunció el ceño. —¿Por qué le compraste licor?

—Porque a él le gusta. ¿Recuerdas esa vez que lo probamos después de que vimos ese espectáculo en el Criterion…?

Elizabeth sacudió la cabeza, todavía luciendo perpleja.

Violet sonrió con una sonrisa pequeña y apretada. —Incluso entonces me daba cuenta de cosas sobre él, a pesar de que no quería hacerlo. Supongo que por eso él siempre me desagradaba tanto, porque lo tenía metido bajo la piel. Incluso cuando era tuyo.

Miró directamente a los ojos de Elizabeth cuando lo dijo, queriendo ser valiente sobre esta única cosa, al menos. Tentativamente, se estiró y tomó la mano de Elizabeth. Esperó que su amiga se apartara o se tensara, pero los dedos de Elizabeth se cerraron alrededor de los suyos en un cálido y firme agarre. Eso fue un bálsamo para el corazón de Violet devastado por la culpa. Necesitaba desesperadamente el perdón de su amiga.

—La última cosa que quería era traicionarte, herirte o decepcionarte, E. Por favor cree eso. Cuando comenzó, no creí que fuese real. Pensaba que era este loco asunto del sexo, nada excepto una química extraña y aberrante. Pero luego siguió su camino, y cuando caí en cuenta de que lo amaba, me sentí como si hubiese estado mintiéndote a ti y a mí durante años. Pero no lo sabía, E, lo juro. Nunca lo supe hasta esa noche en que él vino y nos besamos por primera vez.

—Recuerdo la forma en que ustedes solían ser —dijo lentamente Elizabeth—. Como gatos enfurecidos. Tal vez debí haberlo sabido entonces. Toda esa pasión debía venir de alguna parte, ¿cierto?

Su mirada era escrutadora mientras exploraba el rostro de Violet.

—Tienes derecho a estar furiosa, E —dijo Violet—. Tienes derecho a insultarme o lo que necesites hacer. Si no quieres que esté en la boda, está bien, también.

Violet esperó que su amiga respondiera, con el cuerpo tan tenso y tan erguido en su silla que le dolía.

—¿Él te hace feliz?

—Sí.

—Te ves bien. Igual que él.

—Él lo está.

La mano de Elizabeth se retorció en la suya de modo que era ella la que estaba agarrando la mano de Violet.

—Entonces estoy contenta.

Era una respuesta tan sencilla y generosa. Tan abierta y tolerante. Demasiado buena para ser cierto.

—No puedes estarlo.

—¿Por qué no, Vi? —preguntó Elizabeth, con la cabeza inclinada hacia un lado, una pequeña sonrisa burlona en los labios.

—Porque saliste con él. Dormiste con él. Fue tuyo una vez. Y te mentí. Elegí el sexo con él por encima de mi lealtad hacia ti.

—Debe haber sido un sexo bastante asombroso, Vi, porque eres la persona más leal que conozco.

Había una luz bailando en los ojos de Elizabeth, una invitación para que Violet se relajara. Violet sacudió la cabeza, reacia —incapaz— de aceptar la reacción de su amiga al pie de la letra. Elizabeth no podía ser tan tolerante, de mente tan abierta, tan generosa. Simplemente no podía ser posible.

—Puede que no haya querido casarme con él, pero Martin todavía es una de mis personas favoritas en todo el mundo, Vi —dijo Elizabeth—. Igual que tú. ¿Por qué no estaría feliz por ustedes dos? ¿Qué clase de egoísta perra envidiosa sería si les concediera de mala gana esa felicidad a ustedes dos cuando tengo a Nathan?

Todo era tan diferente a lo que Violet se había preparado para resistir. Sin rabia, sin culpar a alguien, sin acusaciones. Sólo aceptación. Y confianza.

Su mirada encontró a Martin en el mostrador donde estaba esperando con Nathan. Sus ojos se trabaron a través de la cafetería. Ella vio su comprensión y su amor y recordó las cosas que él le había dicho, sobre su miedo a perder a su familia y cómo ella merecía amor y felicidad. Recordaba cómo la había abrazado después de su primera pelea y le había dicho que sin importar qué, siempre la amaría.

Regresó su atención a Elizabeth e hizo una decisión consciente. Eligió tomarle la palabra a su amiga. Eligió creer que Elizabeth la amaba tanto como Violet la amaba, y que Elizabeth quería su felicidad tanto como Violet quería la de Elizabeth. Eligió aceptar que Elizabeth no necesitaba perdonarla, porque Elizabeth confiaba en ella. Y eligió creer que ella era digna de esa confianza, al igual que era digna del amor de Martin.

Porque ella no era una puta innata. No era irresponsable o atribulada ni intentaba llamar la atención. Ella no era un fastidio, una vergüenza, un lastre para ser descartado lo más pronto posible.

Ella era amada. Era valorada. Tenía importancia.

Respiró profunda y purificadoramente, y entonces dejó salir el aliento. Luego levantó la mano de Elizabeth hasta sus labios y le besó el dorso con ternura, amorosamente.

—Gracias.

Los ojos de Elizabeth se llenaron de lágrimas. —Gracias a ti, Violet. Por tanto a lo largo de los años. Por ser mi coraje. Por mantenerme cuerda. Por ayudarme a encontrarme a mí misma.

Violet no estaba segura de cuál de las dos se levantó primero, ella o Elizabeth, pero repentinamente ambas estaban de pie, con los brazos envueltos una alrededor de la otra. Violet presionó su mejilla contra la de su amiga y dejó que la aceptación de Elizabeth se filtrara en sus huesos.

Después de la cantidad exacta de tiempo, Elizabeth aflojó su abrazo y ambas dieron medio paso hacia atrás.

—Vamos, vayamos a casa —dijo Elizabeth.

—En realidad, creo que Martin tiene un auto reservado.

El rostro de Elizabeth cayó un poco. —¿No vas a quedarte con nosotros?

Violet le echó un vistazo a Martin otra vez. Él estaba hablando con Nathan, enfocado en el otro hombre. Su camisa estaba arrugada de horas de vuelo, su cabello revuelto. Lucía cansado y hermoso, e increíblemente sexy.

—A menos que tengas la mejor insonorización conocida por el hombre, no creo que sea una buena idea —dijo ella.

Le tomó un momento a Elizabeth para entender. Luego su cabeza cayó hacia atrás y soltó una encantada carcajada de sorpresa. Martin y Nathan echaron una mirada al otro lado hacia ellas, con sorprendidas expresiones gemelas en sus rostros.

—Bueno. Difícilmente puedo discutir con eso, ¿no es así? —dijo Elizabeth—. Pero cenarás con nosotros esta noche, ¿no? ¿Ustedes dos?

—Sí. Por supuesto.

Elizabeth les hizo señas a los hombres para que se unieran a nosotras. Martin le lanzó una sutil mirada interrogante y ella metió el brazo a través del suyo y le dedicó una sonrisa tranquilizadora para hacerle saber que estaba bien.

Elizabeth lo miró, con los ojos brillantes de curiosidad. —Entonces, Martin. ¿Cómo estás? ¿Trasnochándote mucho?

—Oh, ya sabes. Esto y aquello.

Violet sonrió para sí misma, divertida por la muy seca respuesta de él. Por pensar que una vez creyó que él no tenía sentido del humor.

Los cuatro caminaron hacia el estacionamiento, separándose frente al quiosco de alquiler de autos.

—Te veré esta noche —dijo Elizabeth—. Tendremos langostinos. Incluso vamos a hacerlos a la parrilla.

Ella habló con una terrible aproximación al acento australiano. Nathan pasó un brazo alrededor de sus hombros.

—En realidad necesitamos trabajar en eso, Lizzie —dijo él cariñosamente.

Ellos intercambiaron una mirada cargada de amor, conocimiento, calor y aceptación. Las últimas reservas de Violet acerca de la decisión de su amiga se escurrieron.

Este hombre amaba a Elizabeth. Sinceramente. Eso sólo podía ser algo bueno.

Elizabeth arrastró más cerca a Violet para un abrazo final antes de clavar a Martin con una mirada.

—Cuida a mi chica, ¿está bien?

Martin alzó las cejas. —¿Tu chica?

—Nuestra chica, entonces —dijo Elizabeth.

Martin se estiró y le tomó la mano a Violet. —No te preocupes. Lo tengo cubierto.

Violet no pudo evitar sentirse ridículamente conmovida de que ellos fuesen dos personas en el mundo que la amaban lo suficiente para sentirse posesivos con ella. Le dio a E un último abrazo luego siguió a Martin dentro del quiosco de alquiler. Él deslizó su mano libre alrededor de su cintura mientras llenaba los formularios requeridos. Ella apoyó la cabeza contra su hombro y respiró el olor de su loción para después de afeitar y se permitió sentir la simple paz del momento.

Al fin era libre. Libre para amar a Martin con todo su corazón. Libre para ser feliz, sin reservas.

Martin esperó hasta que estuvieron en el auto alquilado antes de voltearse hacia ella. —¿Entonces fue bien?

—Sí. Ella dijo que quiere que yo sea feliz. Y también tú.

—No necesita preocuparse por mí.

—Lo sé. Ese es mi trabajo.

Sus ojos grises eran muy cálidos mientras examinaba su rostro. —¿Entonces estás bien?

—Ahí voy.

Iba a tomar un tiempo para que toda la adrenalina y la ansiedad se drenaran de su sistema. Había estado nerviosa por esto durante casi seis meses.

—¿Qué hay de ti? ¿Estás bien? —preguntó ella.

Porque ésta había sido una gran mañana para él también.

—Por supuesto. Estoy contigo.

Era una cosa tan sencilla y pequeña para decir. Eso curvó su boca en una sonrisa y atravesó su cansancio y la hizo estar increíblemente feliz de que hubo una vez en la que fue compelida por fuerzas más allá de su comprensión a enfrentar el glacial frío del invierno de Londres para entregar una botella de licor de durazno en la oficina de él.

—Gracias —dijo ella.

Él parecía desconcertado. —¿Por?

—Por todo. Por ser asombroso en la cama e infinitamente paciente, por sacrificar el Club Savage por mí y llevarme todo el camino alrededor del mundo simplemente porque estabas preocupado por mí, incluso a pesar de que eso significaba que probablemente pasarías tus vacaciones solo. Por la forma en que siempre pones la mano en la parte baja de mi espalda para guiarme a través de la calle y la forma en que me dejas estar a cargo del control remoto del televisor, y la forma en que nunca, ni una sola vez, me has juzgado o desconfiado de mí, o me has hecho sentir pequeña o indeseada.

—Violet, cariño… —Él parpadeó y ella se dio cuenta de que estaba cercano a las lágrimas.

Su Martin. El Señor Mojigato. El Señor Reprimido.

Dios, ¿cómo una mujer puede estar tan sangrientamente equivocada acerca de una persona?

Él se inclinó por encima del freno de mano y la besó, un profundo, apasionado, minucioso y exigente beso.

—Nunca dejaré de quererte, ¿lo entiendes? Te amo. Te adoro. Te admiro. Te deseo. Eres mi corazón. Mi sangre, mis huesos. Mi todo.

Era la declaración que había estado esperando toda una vida para escuchar, del hombre que ella había estado esperando toda una vida para reconocer como suyo.

Pero ella por fin lo había visto claramente, al igual que él por fin la había visto.

—Encontremos algún lugar donde pueda tenerte desnudo —dijo ella.

Porque repentinamente eso parecía muy, pero muy importante.

Él no dijo ni una palabra, simplemente encendió el auto y comenzó a conducir.

Porque él la tenía, al igual que ella lo tenía, y algunas cosas estaban más allá de las palabras.